28 de diciembre de 2024. Vitoria-Gasteiz

«Yo fui inmortal hasta los 5 años, luego ya vinieron las disputas y los reproches a Dios por haber inventado semejante mierda. Y quise matarlo, y lo conseguí una década más tarde. Malditos los partos a partir de entonces, maldito el minutero y el descanso. Malditos los cumpleaños a partir de entonces. Hay cosas que es mejor no saber.»

Gata Cattana

Hoy, al doblar una esquina solitaria camino de casa, una pequeña bandada de pájaros ha emprendido el vuelo de repente y me ha sobresaltado. Los he visto un instante, sobrevolando el tejado del bloque de casas, y nada más. Imposible perseguir su rastro, otear la dirección que tomaron; verlos partir, lejos, en el horizonte, con su danza precisa y determinada. Los bloques de pisos me impiden ver nada que no sea ellos mismos; ocultan todas las actividades que no son humanas y el cielo he de inventármelo. Me siento como una hormiga extranjera, de visita en un hormiguero lleno de compañeras que corren de un lado para otro, para hacer las mismas cosas de siempre. Las mismas cosas de siempre.

Cuánta seguridad les da eso a muchas personas, sobre todo en esta ciudad. Qué angustia, qué terror insoportable sentirían si tuvieran que inventar algo nuevo cada día. O solo un día.

Así que con los pájaros me he quedado a medias, como si me hubieran bajado de la noria antes de haber dado la primera vuelta. Algo que iba a ser profundamente excitante y grandioso (como siempre lo es): verlos partir, elevarse; llenar el aire de formas, de colores, de posibles buenos presagios… ha sido nada. Y entonces me ha podido el miedo.

Qué cansada estoy del miedo, de sus mentiras, de su tacto viscoso, del perfecto conocimiento que tiene de nuestras almas y que utiliza para ponernos delante todos los escenarios que más evitamos. De su forma de quitarnos todo lo que nos hace personas para volvernos gusanos, arañas, bolas de barro y mierda egoístas, incapaces de cuidar de nadie cuando lo necesitan. Cansada de que todos los días vayan a ser el último día, de paralizarme, de sonreír muy amable mientras en mi cabeza me estoy muriendo, de bajarme apps de meditación. Venga, me voy a hacer un reto de meditación de 30 días, y esto será la panacea, la solución, una nueva yo; y aguanto 3, porque al cuarto la voz calmada de la locutora me empieza a tocar el moño. ¿De dónde cojones sacará esa lasitud, esa sonrisa cantarina que se las da de trascendental, imperturbable, inaguantable? No la saca de ninguna parte; la ha aprendido, como se aprenden otras técnicas maravillosas. Algo de talento de base seguro que hay, porque hay quien nace con voz bonita, igual que con buen pelo o piel tersa. Y por eso tenemos teatro y radio y otras formas magníficas de cultura en las que se modula la voz. Estoy segura de que al final del día, tras varias horas de grabación, a 20 dólares la hora, la señora de la app tiene un ataque de ansiedad. Porque al final esos 20 dólares no dan para mucho y ser autónomo es una lucha; y además tendrá otros problemas que nosotros no sabemos. Pero al día siguiente, vuelve para grabar sus meditaciones guiadas para poder pagar sus facturas.

La señora de la app no tiene ni idea de lo que a mí me pasa. Cansada, cansada, cansada. Del rotavirus anual, que ha decidido ser mi mayor fobia (no soy muy ambiciosa en mi hipocondria). De no saber a dónde correr, de no saber cómo escapar. De odiar esta ciudad con todas mis fuerzas, porque es mi infancia y mi juventud, mi conocimiento del amor, y de Dante y de Cervantes; es la parte de mí en la que todo estaba por hacer y todo iba a ser hermoso, en la que cuidaban de mí y nadie era viejo ni estaba enfermo. Esta ciudad, de adulta, no me sirve para nada.

Ay, Gata, yo también fui inmortal en mi infancia. Me parece que a mí me lo dijeron a los 7 años. Que nos moríamos. Y desde entonces mi vida tampoco ha sido la misma, nada ha sido lo mismo. A Dios nunca lo he odiado. Lo he buscado mucho, mucho, mucho, pero nunca lo encuentro; me temo que no existe, y eso es horrible, espantoso, una tragedia, porque ¿ahora qué hacemos? ¿Ahora qué hacemos, Gata? Beber vino nos queda, reírnos sin gracia, hacer pactos con los pájaros, los gatos, los libros, las manos de quienes nos quieren, las series de televisión que nos enganchan mucho, y pretender que eso nos entretiene lo suficiente.

Yo solo quiero descansar por todos los siglos que no he descansado; comprar la paz al precio que sea. Necesito que los cielos estén despejados, que se abran frente a mí como el puto mar Muerto en un día en que Dios está de visita, porque si no me agobio; me angustio si no puedo ver a dónde van los pájaros (que siempre es un lugar mejor, y secreto, donde son felices).

Después, cuando me vaya, me sentiré culpable y me preguntaré: «Quo vadis, Mari Carmen?». Y contestaré con una excusa: «Solo quiero ver los pájaros.»

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