Mientras caminaba por una carretera rural en pleno Derbyshire, a las 10 de la noche, hace unos días, me di cuenta de que no temía a ningún fantasma, ni a la oscuridad misma. En realidad era todo de una serenidad majestuosa, con una luna espaciosa y clara, que no se veía interrumpida por ningún coche ni ningún pensamiento.
Dos gatos nos siguieron desde su casa, al borde del camino. Sus ojos, cuatro llamas brillantes, diminutas, flotaban tras nuestros pasos en la más completa oscuridad. Las siluetas de sus cuerpos apenas se adivinaban bajo el único rayo de luna. Sentí mucho amor y la realidad se desdibujó ligeramente por unos minutos. La oscuridad era un mar denso, donde las cosas brillaban y se hacían livianas e importantes. Mi cuerpo podía extenderse hacia distancias imposibles; porque estábamos allí, en la carretera de Derbyshire, pero también éramos parte de un todo que, con la luz, no suele revelarse.
Los gatos se detuvieron al cabo de 10 minutos. Escuché perfectamente cómo me deseaban buena suerte mientras se alejaban de vuelta a casa.
Gracias por escribir.
Me gustaMe gusta
Gracias a ti por leerme. Siempre
Me gustaMe gusta