1 de enero de 2023. Mánchester

En el primer día del año, la ardilla recoge laboriosamente los pedazos de pan que hemos tirado al jardín y los esconde, uno a uno, en rincones diferentes. Trabaja sin descanso. Uno en cada macetero grande; otro debajo de la tarima de madera; otro en la zona junto a la valla del vecino; otro más en la otra esquina del jardín, cerca de la puerta de la casa… Ha invertido tranquilamente 15 minutos en esta operación de recopilación y escondite y no ha guardado nunca más de un pedazo de pan en el mismo sitio. Lo ha hecho uno por uno; lo más asombroso es que no llevaba ninguna libreta para apuntar los al menos diez lugares diferentes donde ha depositado sus pequeñas dosis de supervivencia.

No creo que sobrevivan ni la mitad de esos mendrugos, teniendo en cuenta la cantidad de pájaros que nos visitan. Las palomas y las urracas, sobre todo, encontrarán su camino hasta el pan, si la ardilla no anda vigilante.

He observado todo el proceso con fascinación, esperando siempre el momento en que la ardilla, tras excavar un agujerito en la tierra y depositar el pan, tapa su tesoro con unos puñados de tierra y da unas palmaditas cuidadosas y dulces sobre el montículo recién creado. Sus manos están llenas de precisión, y de esperanza, como las nuestras cuando envolvemos un regalo. Después se yergue sobre las patas traseras y olisquea el aire, muy seria, planeando el siguiente movimiento. Yo le hubiera sacado en ese momento una taza de té caliente y me hubiese sentado a su lado, quizás para sugerirle nuevos escondites. No le mencionaría que C pondrá el grito en el cielo cuando vea la que ha liado en los maceteros, donde ella planta flores siempre con tanto esmero. Será nuestro secreto, por el momento.

Nada ocurre, sin embargo, porque yo ni siquiera abro la puerta de la casa. Solo conseguiría asustarla. La dejo continuar con su tarea y yo me voy a la mía, que es arrastrar este cuerpo, matar el tiempo frente a la pantalla, esperar a C, retener el recuerdo de la ardilla. Como «una cálida moneda de oro en la mano», dijo Lorca del recuerdo de Dalí (que fue un ser a todas luces despreciable y limitado). Así conservo a algunos seres en mi alma.

Mi deseo para el año nuevo: más luz en el jardín. Y que lo demás no importe mucho.

Un comentario sobre “1 de enero de 2023. Mánchester

  1. Sabe que leo lo que escribes porque me gusta, me apetece y me provoca, aunque no siempre te lo diga. Te hago una pequeña confesión: me da una envidia negra alguna de las cosas que cuentas, en particular, las de «bichos». Me encantan tus zorros, tus ardillas, tus topos, tus pájaro (pena no distinguirlos) y por supuesto, tus gatos. Con permiso de Persi,claro, un gentleman, pero completamente doméstico. Creo que me pierdo algo muy bueno al no conocer a todos esos seres. Disfrútalos por mí.

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