Mi madre me ha contado muchas veces que cuando era adolescente, las vecinas sentían lástima de ella porque había perdido a su madre con solo 13 años; así que cuando sufría dolores menstruales, estas vecinas la invitaban a su casa y le daban un café con leche bien caliente, aderezado a veces con unas gotas de coñac. A mí esta historia siempre me ha recordado a esas películas de vaqueros en las que tenían que amputarle una pierna al protagonista, o sacarle una bala del estómago, y le daban de beber whisky a falta de anestésicos. La cámara se desviaba entonces hacia el fondo de la escena y se escuchaba un grito desgarrador. El protagonista sobrevivía (porque nunca se le infectaba el muñón, que ya es tener suerte).
Siempre he pensado que, por muy borracha que estuviese, me enteraría si me cortan una pierna. Y si me hubiesen dado café con leche, también me habría enterado del dolor cólico agudo causado por la menstruación, que es insoportable. Pero nací y llegué a mi menarquia en la era de la moderna ciencia farmacéutica, y doy gracias por ello.
Me pregunto si la atención, la seguridad y el cariño pueden generar alivio en el dolor físico, ya que mi madre siempre se encontraba un poco mejor después del café. O así es como ella quiere recordarlo.
Hace 3 días C. miraba con los ojos vidriosos la pantalla de la televisión. Obviamente no estaba prestando atención, porque sufría un dolor de muelas agónico. Las lágrimas bajaban por su mejilla, lentas pero continuas, y se perdían con un último brillo en la comisura de su boca. No hablaba. Me pregunté qué sería de mí si tuviese que resolver aquello con café con leche. Pánico. Yo sujetaba la mano de C. e invocaba el poder de las señoras vecinas de mi madre adolescente y a todos los espíritus de la posguerra española para que me asistieran en ese trance.
No quedó más remedio que esperar a que el ibuprofeno hiciera algo de efecto (no mucho, pero suficiente); y tuve la sensación de que mi amor no podía paliar el dolor inflamatorio. Vaya sorpresa decepcionante.
Pienso en todo el dolor que han tenido que soportar nuestras madres y nuestros padres, que ahora consideramos innecesario. ¿Qué no haría una persona por dejar de sentir dolor? ¿Y miedo? Solo las decisiones que tomemos sin basarnos en uno u otro nos pueden revestir de un carácter genuinamente humano. Todo lo demás es huida irreflexiva, en favor de la supervivencia. Como los animales. Pero nosotros… ¿cuándo nos distinguimos de ellos verdaderamente? ¿Cuántas veces nos elevamos sobre el dolor y el miedo y aportamos razones y propósitos en nuestros actos? La humanidad, cuando verdaderamente se ejerce, resplandece en el mundo como la piedra más preciosísima y pura; un atisbo de otro lugar que tal vez podríamos habitar.
Café con leche y coñac. Nunca he sufrido un cólico de regla, claro, pero me parece un pobre remedio, casi me atrevo a decir lo mismo del cariño, es triste pero es lo que hay. Sí sé cómo es un cólico nefrítico, no se lo deseo a nadie, y guardo la memoria de un dolor que lo llenaba todo y no dejaba ningún resquicio para la humanidad, sea eso lo que sea. No volví a ser persona, como dicen los mayores y creo que aciertan, hasta que me inyectaron no sé qué analgésico, bendita sea la química. Es probable que hubiera hecho cualquier cosa para que cesara el dolor, casi mejor no pensarlo. No, no parece que la humanidad sea compatible con un sufrimiento físico intenso, me queda la duda de si sucede lo mismo con el dolor del alma.
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