1 de enero de 2022. Mánchester

Se acerca una tormenta. Un petirrojo solitario se pasea a los pies del comedero, su cuerpecillo rechoncho desafiante contra el aire de tormenta. Su pico apunta con descaro en varias direcciones. Quiero tener esa valentía. No es la certeza de poder vencer una tormenta si hace falta, sino la seguridad de que soy lo que debo ser y de que estoy en el lugar que me ha sido otorgado. Nada puede contra esa fuerza, que solo veo en los pájaros a veces.

Anoche, después de las 12 y de su explosión de ruido y cohetes, los pájaros comenzaron a cantar. Yo yacía en la oscuridad, preocupada, y por la ventana me llegaba el sonido de un intenso amanecer. Algo estaba mal; había una melodía equivocada en el Universo. Un miedo frío y pesado me acarició el estómago, y esa sensación aún no se ha ido.

Los pájaros sujetan las leyes del Cosmos. Llevan sus hilos sutilísimos de un lado a otro y tejen los mapas de la vida y la muerte; establecen horarios y sincronizan el mar, los planetas, la vigilia, la velocidad a la que crece la hierba. Si el mundo hubiese de morir, de repente, lo anunciarían los pájaros. Lo sabríamos por ellos.

Desde que vivo aquí, me guío por su presencia y sus hábitos. Yo creo que no lo hago, que utilizo un teléfono móvil y artefactos tecnológicos para navegar mi día y mis horarios. Pero en realidad mi cuerpo se mueve, se aquieta y se activa en función del mensaje que ellos me dictan. «La vida está empezando, Mira», me dicen «Amanece y todo tiene un propósito. Olvida la oscuridad y canta con nosotros. Estamos contentos porque ha llovido».

De noche, cuando los pájaros no están, me recojo y solo espero a que todo empiece de nuevo.

Este nuevo año los pájaros han empezado equivocados. O quizás solo se quedaron despiertos para infundirnos coraje.

Deja un comentario