29 de mayo de 2021. Mánchester

Empiezo a escuchar una mesa redonda vía Zoom/Youtube, de la London School of Economics and Political Science, acerca de si los animales pueden tener conocimiento del bien y del mal y, por lo tanto, valores morales. Participa una investigadora española, Susana Monsó, que trabaja sobre la mente animal y, en concreto, la Ética animal. Me desconecto a los 20 minutos, porque la participante norteamericana habla tan deprisa en su inglés chicloso que me dan ganas de amordazarla y de hacerle sentir, aunque solo sea por 5 minutos, lo agotador que es vivir en mi cabeza en estos días.

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Pero he buscado a Susana Monsó y ya no puedo salir de ahí. No hay ahora mismo nada más en lo que pueda pensar, porque si existe una mínima posibilidad de que los animales sean sujetos morales, ¿cómo va a cambiar esto nuestro lugar en el mundo y nuestra comprensión de nosotros mismos? Existe toda una corriente de investigación sobre la moralidad y la racionalidad animal, estudios sobre su comprensión de la muerte y experimentos en etología y psicología animal. Monsó utiliza la teoría de las capacidades de Nussbaum (capacidades o funciones mínimas que todos los humanos tenemos por el mero hecho de serlo) y trata de extrapolarla a los animales.

Ya no puedo pensar en otra cosa. ¿Me juzga Fudge cuando no tengo tiempo para ella? Si pudiese hablar, ¿sería capaz de explicarme por qué es correcto para ella pelearse a zarpazos con su hermana la Gordi, aunque desde mi moralidad humana yo lo considere negativo?

Si un animal es un sujeto moral, porque tiene aspiraciones de vida cumplida, de llevar una vida buena, solo me queda empezar de nuevo. Todo era mentira. Y sin embargo, al mismo tiempo… la sola idea de imaginar que es cierto me da consuelo y esperanza. ¿Te imaginas?

Hoy por fin ha salido el sol y la sensación de que algo malo va a pasar no se va. ¿Hasta cuándo durará? Pienso que un día desaparecerá y me parecerá mentira todo esto. Olvidamos rápido y, en general, aprendemos poco.

Le pido a C que me hable de ese viaje imaginario a Grecia que un día vamos a hacer; la ficción me reconforta. Tengo ganas de hablar con un gato (hablar de verdad), pero maullar se me da fatal. Quiero aceptar la fragilidad y la muerte, y no sé cómo. Echo de menos a algunas personas.

Pero por encima de todo, el limonero resiste y crece. Sus flores son la nota más extraña y exótica que este jardín, y estas tierras, han visto jamás. Los pájaros se paran a observarlo y él se estira orgulloso, todo lo bajito que es, para mostrar la perfección de cada una de sus hojas. Existe la muerte porque existe la vida. Y si todos, absolutamente todos los que hemos venido a estar aquí tenemos deseo y capacidad de buscar una vida buena, me siento más acompañada.

Próximo libro de Susana Monsó.

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