El otro día mencioné a Gordita. Aquí está:

Gordita ha sufrido dos eventos traumáticos en su vida. El primero de ellos ocurrió cuando era una gata muy joven. Calculó mal un salto sobre la barbacoa y un hierro la rajó de lado a lado a lo largo del dorso. Vamos, que se quedó abierta en canal, la pobre. Tuvo mucha suerte y no sufrió daños en ningún órgano vital, excepto el bazo. Mi teoría es que desde entonces su metabolismo digestivo va más lento.
Años más tarde, una familia rumana muy ruidosa se instaló en la casa de al lado. Nadie sabía cuántas personas vivían ahí en realidad, pero obviamente era un número muy superior al declarado inicialmente. Eran sucios, escandalosos y muy problemáticos. Tanto que acabaron largándose a instancias del Ayuntamiento (tras las oportunas quejas). La cuestión es que, en alguna de sus exploraciones, Gordita se asustó mucho con algo. C no sabe qué fue, y dice que desde entonces no tolera mucho el ruido. No sabemos qué pudo ocurrir en el jardín de al lado y preferimos no especular.
El ruido. Si yo levanto la puerta del lavavajillas, que emite un levísimo chirrido al cerrarse, Gordita deja el plato de comida y sale pitando como si le hubieran puesto un cohete en el culo. Debo tener cuidado, asimismo, al apoyar los objetos sobre las superficies de la cocina, porque si lo hago demasiado fuerte se asusta. En esta casa se espera pacientemente a que Gordita acabe de comer para poner el lavavajillas, la lavadora o el microondas. Esto es así.
Cuando empecé a conocerla, pensé que era lo más parecido a un trastorno generalizado de ansiedad en versión felina. Y aunque entonces yo aún no había empezado a desarrollar ansiedad desadaptativa, me vi reflejada en sus ojos, porque yo sabía lo que anidaba dentro de mí y lo estaba viendo venir. Es muy extraño verse desde fuera. Cada vez que Gordita sale corriendo quiero atraparla, cogerle una patita y decirle que no hay nada que temer. Pero sí que lo hay; porque el miedo es lo que nosotros decidamos que sea.
Al comienzo de la pandemia decidí cepillarla por las noches. Me dije que necesitaba más contacto físico con los animales, y obviamente la escogí a ella porque Fudge, a la hora en que me acuesto, suele estar cazando ratones o haciendo sus cosas de gata. El caso es que probé a usar a Gordita como terapia, para ver si concentrándome en el cepillado conseguía incorporar algo de mindfulness en mi rutina. Craso error: ahora se me exige un cepillado nocturno cada día, so pena de escuchar maullidos y quejidos.
Nunca hablo de Gordita porque es una gata buena que no da ningún problema, ni se queja, ni caza ratones, ni nos despierta por las noches. Es más joven que Fudge y, de momento, no tiene problemas de salud. Ella solo quiere vivir una vida tranquila; comer su pienso (que le gusta un montón) y tener un poco de amor por las noches; salir al jardín a tomar el aire sabiendo que alguien estará ahí para abrirle la puerta cuando vuelva a los 5 minutos (no cabe por la gatera) y plantar el culo y los michelines en la cama la mayor parte del día. Nada más. La vida es demasiado amenazante y complicada para intentar hacer otras cosas. Y por las noches, cuando me mira con esa devoción indescriptible e inexplicable para mí, desde el suelo del dormitorio, esperando paciente a que yo coja el cepillo, me doy cuenta de que a la vida no le pide mucho más; que posiblemente crea que estar sobre la Tierra merezca la pena por los 5 minutos de cepillado, esa píldora de amor diaria que consigue apartar el miedo durante un instante. Y así, no le resulta necesario aventurarse demasiado en el mundo, porque al fin y al cabo, incluso sin esforzarse lo más mínimo, tiene a alguien que le quiere y le presta un poco de atención. Y eso solo es inmenso. Seguro. Y sin riesgos.
No suelo hablar de Gordita, porque me recuerda a una parte de nosotros mismos contra la que yo he luchado tanto y a la que nunca me he rendido. Porque hacerlo supondría renunciar a lo que nos hace humanos, libres, dignos.
Mi Gordi.
Qué bonita es!. Y qué maravilloso ese vínculo, aunque dure 5 minutos.
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Creo que ese instante en que cepillas a Goddita es el punctum poético más bello que he leído en mucho tiempo. Qué necesidad de este blog.
C.
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