31 de octubre de 2020. Mánchester

En este mes y medio he comenzado a estudiar filosofía. También ha llegado el invierno, y el jardín ya se ha vuelto ese sitio al que salgo siempre con abrigo. Son las 18:55; estamos esperando a que el primer ministro de este país comparezca de una vez (lleva 2 horas de retraso) y anuncie un confinamiento general de toda la nación. De nuevo.

Mes y medio. Ha fallecido el padre de un amigo (de manera repentina y casi inexplicable). Me he roto una muela; sufro pánico al dentista. Dice mi psicóloga que no es verdad que tenga miedo al dentista; que mi estómago se revela contra mí por otros motivos (que no me apetece mencionar ahora). Es lo más transgresor que me ha dicho en todo este tiempo y sigo reflexionando sobre ello, mientras el día de la consulta con el dentista se acerca.

Siento que atravieso un momento en el que se me está poniendo a prueba y, al no creer en ningún tipo de dioses, me pregunto qué gilipollas ha decidido que debo pasar por esto. Pienso en Sócrates, que aceptó la muerte con impasibilidad y se tomó la cicuta como quien se toma un vino. ¿Puede el conocimiento ayudarnos a superar el miedo? Me duelen el pecho y la espalda (esto está causado por la tensión de los músculos en la caja torácica); tengo el estómago hecho un desastre (esto está causado porque, en estados de estrés, la digestión sufre cambios y suele detenerse, para que otros órganos que deben activarse en caso de peligro estén más fuertes). Saber. ¿Es el camino?

He sospechado a veces que es un conocimiento diferente el que nos transforma. El conocimiento de nuestra verdadera relación con el mundo; la capacidad de permitirnos ser, a través de los cambios que experimentamos a lo largo de la vida. Porque en el fondo, todos creemos que somos la misma persona que nos inventamos en la juventud, aquel personaje al que tratamos de ser fieles constantemente, tal vez porque nos asustan la verdad, los cambios o la posibilidad de ser valiosos.

Tenemos que saber aceptar la nueva piel que nos viste.

El otro día fui a trabajar después de unas pequeñas vacaciones. Al salir de casa me crucé con una ardilla y me puse contenta. Realicé mi jornada laboral. Volví a casa y, al entrar en la calle, vi a Pepe el gato, que se estaba dando una vuelta, y me quedé charlando con él un par de minutos. Me llenó de alegría verle, simplemente porque Pepe me cae fenomenal. Esta soy yo ahora. Negarlo me generaría un mar de contradicciones y de incomodidades. Pero es doloroso estar abierta al sufrimiento de otros y a la ternura inesperada de una ardilla. Nada puede estar más claro para mí en estos momentos: haberme negado esta posibilidad de empatía y de cariño, durante muchísimos años, respondía a la necesidad de protegerme. Ahora estoy, por lo tanto, desprotegida. Y si es verdad que el encuentro en la calle con un gato me exaltó el corazón y me hizo sonreír, a lo mejor también es verdad que no tengo miedo al dentista.

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