16 de noviembre de 2025. Ulverston

Hoy he visto focas. Era un grupo numeroso, con un montón de bebés, que se estaba relajando bajo el sol gélido de la península de Furness, en el condado de Cumbria. Desgraciadamente, estaban demasiado lejos y he tenido que servirme de unos prismáticos, pero aun así, eran hermosas. Hay algo bonito en la pereza a veces, y por eso nos gusta observar la naturaleza.

Este pequeño viaje ha sido algo extraño, porque por primera vez he conocido un lugar en este país que no me ha gustado especialmente. Los pueblos destilan decadencia, un abandono poscapitalista triste. Desconozco completamente la historia económica o social de este lugar, así que me ahorraré los juicios de valor o las opiniones gratuitas. Pudo ser Thatcher, pudieron ser los gobiernos conservadores depredadores de los últimos 20 años. No lo sé, pero es evidente que hubo una gloria industrial aquí en algún momento (pesca y construcción de barcos), y que sobre los cadáveres de reconversiones, personas desempleadas y globalizaciones varias, esta esquina del mundo se ha sumido en una tristeza brutal. Los pueblos exhiben decenas de locales vacíos, con carteles de “se vende”, “se alquila” o se “traspasa”. Las casas tienen un color gris apagado, como si una ceniza de siglos las hubiera cubierto por completo, y las carreteras están descuidadas. Siento mucho si alguien autóctono llega a leer esto. La gente que he encontrado me ha parecido encantadora y amable, pero no me he podido sacudir la tristeza de encima en todo el fin de semana.

Hasta que he visto las focas, claro. En este extraño y deprimente lugar, que forma parte del Distrito de Los Lagos, hay una reserva natural espectacular, con grandes estuarios donde las aves migratorias descansan y viven temporalmente, llenando la costa de vida. Y donde vienen a dar a luz y descansar estas criaturas, las focas, que son como una señal internacional para separar el norte del sur. En el momento en el que puedes ver focas, evidentemente has traspasado un umbral, una puerta hacia el mundo septentrional, donde cosas extrañas y nuevas pueden suceder en cualquier momento. Las focas te avisan de que a partir de aquí habrá otros seres; otros cuerpos, otras formas y otras leyes. El mundo que conocías cambia; es el mismo mundo, pero muta a una especie de versión gélida y misteriosa.

Yo quería cruzar esta frontera desde hace mucho tiempo.

Es curioso porque, de donde yo vengo, tengo cualidad de norteña. Pero la realidad es que hay un norte más allá de mí, mucho, mucho más arriba, que me hace sentir meridional y pequeña. Hoy solo lo he rozado con las puntas de los dedos, en el borde mismo de la frontera que separa los dos mundos.

He pensado en una chica que vi en un documental, hace 4 o 5 años. La chica padecía un trastorno muy severo de ansiedad, y tenía un objetivo en su vida: ver ballenas. Así que con su trastorno en todo lo alto, cogió y viajó mucho más al norte que yo, a la punta más septentrional de este país (donde algún día espero tener el coraje de ir), y vio una ballena. Al hacerlo, lloró.

No sé por qué, me acuerdo mucho de ella. Me tomo un vinito a veces a su salud, y hoy, desde Cumbria, ha caído otro.

También he pensado en el poema de Mary Oliver. El de siempre, el que me acompaña en la vida, en toda circunstancia desde que tuve la fortuna de leerlo por primera vez. Porque cuando los gansos salvajes pasaban bellísimos, estruendosos y en perfecta formación, sobre las cabezas del grupo de focas, he sentido, más que nunca, que debe de haber para mí “un lugar en la familia de las cosas”.

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