19 de octubre de 2025. Liverpool

Seguimos acogidas en una casa provisional, a punto de dar el salto. Parece como si este lugar de paso nos hubiera atrapado. No sé dónde fue el verano, si existió acaso este año, si fue solo un espejismo. Recuerdo haber estado a 38 grados en casa de mis padres unos días, sudando constantemente y sin poder dormir, pero tal vez lo soñé.

Siento el peso enorme del otoño de las cosas, del mío propio; somos seres frágiles que se cogen de la mano mientras esperan que llegue el final. Así percibo la vida ahora, y es horrible. Solo veo finales.

El jardín aquí es bonito. Tiene un sauce gigante, rosas y muchas plantas de moras. Se llaman Rubus ulmifolius, lo he buscado en Google. Todo está un poco desvaído y triste en esta época del año. A Fede lo sacamos a pasear con su correa una o dos veces al día. Me duele su falta de libertad, sus ojos vivos y curiosos, constantemente decepcionados por no poder aventurarse más allá de lo que nosotras le permitimos. Se ha portado bien, en general, y me ha enseñado que la mayoría de los seres están agradecidos por lo que tienen y no se preguntan mucho más. Aceptan las circunstancias; mientras haya comida y afecto, no tiene sentido exigirle a la vida fantasías inalcanzables. Él no sabe que volverá a ser libre otra vez (si alguna vez conseguimos salir de esta trampa provisional), y se contenta a su manera.

Me gustaría que yo misma y todos los que me rodean tuviéramos esa misma capacidad; aceptar que estamos aquí ahora, y que eso es suficiente.

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