En este jardín también existe la muerte. Ayer una paloma cayó malherida junto al muro del fondo. La vi precipitarse desde un árbol y después aletear desesperada en el suelo, sin poder mover el cuello. C la recogió y la puso en una caja de cartón. En el rato que tardamos en buscar en Internet un centro que recogiese animales heridos, llamarles por teléfono y ponernos la ropa para llevarla, falleció. No sabemos qué fue; quizás un gato. C dice que tenía el cuello muy rojo, aunque no sangraba abiertamente. Yo no quise mirar.
Por aquí el depredador más peligroso es, sin duda, el gato doméstico. El 99% de las muertes que vemos las causa él. Otra paloma apareció decapitada en el jardín hace unos meses; y después un pajarillo pequeño. Hace años, quizás durante la pandemia, una rata moribunda se arrastró hasta nuestro jardín para dejarse ir. Aún respiraba, pero las moscas la estaban ya devorando, así que le pusimos una caja encima y esperamos, pacientemente, a que muriese. Nadie quiere rescatar ratas, esto es así. Dan asco, transmiten enfermedades. Ni siquiera se me ocurre que pueda existir un centro que acoja ratas heridas (tampoco me molesté en buscarlo). Existe clasismo en la escala animal. Las ratas albergan cientos de años de imaginería y folclore impopulares; peste, fiebres, pobreza. Muerte.
Así que la dejamos morir, pero la protegimos de las moscas.
Sí, hemos visto muerte en este jardín. Y ahora lo dejamos atrás y nunca más volveremos a verlo. Dejamos aquí (bueno, C lo deja) el cuerpo del primer gato que falleció en esta casa, al que yo no conocí. Los nuevos propietarios no lo saben ni hay motivo alguno por el que se tengan que enterar; es totalmente ilegal enterrar animales en jardines domésticos. Dejamos todos los rincones que los gatos han recorrido, las sombras que les han cobijado, las muertes que han causado. En este jardín también nació Gordita, cuando su madre, preñadísima, escogió un rincón para dar a luz una camada que se repartieron entre varios vecinos. Y la Gordi se quedó aquí. 15 años después falleció en una guardería para gatos, pero durante esos 15 años reinó en este jardín, primero con Fudge y después en solitario.
No estoy segura de sentirme bien dejando todo esto atrás, como si no me perteneciera. Todos los seres que nacieron y murieron aquí, a los que, de una manera u otra, hemos cuidado o enterrado, merecerían ser recordados. También los que estuvieron de paso, y a los que espero que les haya ido muy bien en la vida: los dos erizos que copularon como locos una noche (también ha habido sexo), los zorros, las ardillas, los ratoncillos que consiguieron escapar de todos los gatos. Well done!
Y en la nueva casa, que no tendrá un jardín trasero, sino delantero, ¿deberé seguir escribiendo? Será otro rincón del mundo, otras coordenadas de este país de clima oceánico templado, y nuevas aventuras nos aguardan. Federico será el rey y señor de la nueva calle y los jardines adyacentes, su recuerdo de este pequeño jardín se borrará para siempre. ¿O no?
Yo empecé este blog para ser rescatada por este jardín, cuando ya no podía más y pensé que tenía que haber algo más real que la porquería que pasa por nuestras mentes. Escogí salvarme, refugiarme, entregarme al jardín, porque en él podría comprender que el lugar que ocupamos en el mundo es importante. Y aunque este no es el único jardín ni lugar del mundo donde esto puede ocurrir, siempre le estaré agradecida por todo lo que me ha dado.
Siento mucho dejaros a todos aquí. Os voy a recordar.