Federico (un poco por Lorca, un poco por Fellini) es el nuevo gato. Cumplirá 1 año en agosto; es clavado al gato que representa la imagen comercial de la marca Félix y ya hemos tenido que ir dos veces al veterinario por pequeños accidentes. En vista de esto, hemos suscrito una póliza de seguro para gatos.
Él corre mucho. Salta, vuela, sobre las flores y la hierba, sobre la valla del vecino, sobre nuestros pies. Persigue mariposas, abejas, moscas, un trozo de plástico llevado por el viento desde alguna otra casa. El mundo es emocionante, está ahí esperando que lo alcances de un zarpazo, que te lo metas en la boca. El mundo es este instante. Yo, a veces, me quedo sin aliento.
Sin embargo, lo que más me hace comprender quién es sucede cuando aparece otro gato. Federico ama a los otros gatos. Él quiere amigos, quiere contarles lo que sabe hacer y aprender cosas nuevas, quiere ir con ellos a rincones que no conocemos; saltar, morderse, abrazarse. Siempre se acerca al visitante, como un caballero educado pero un poco impetuoso. Se yergue alerta a una distancia prudencial, dice: «Quiero ser tu amigo. Mira, mira». Y después, si el gato lo ignora y se marcha, él lo sigue, devoto, hasta el confín del mundo si hace falta. Va detrás como un perrillo fiel; salta las mismas vallas, los mismos arbustos; corre si el otro aprieta el paso. «Amigo».
Se me rompe el corazón cada vez que lo veo, pero, al mismo tiempo, aunque parezca contradictorio, ese mismo corazón se me infla y se me expande inmensamente, como si no me cupiera más vida en él, o como si toda la sabiduría necesaria para aceptar el amor estuviese en ese instante conmigo.
Si todo el mundo pudiera tener un gato y un jardín, amaría más, incluso a las personas que ha decidido odiar; incluso a las personas que son diferentes.
Son días de verano. Federico pasea por unos dominios que antes fueron de Gordita y de Fudge. Él no las conoce. No puede adivinarlo. Porque él cree que es el primero, el único; el mejor gato del mundo. Y ciertamente es así.