22 de diciembre de 2024. Vitoria-Gasteiz

Quizá esté empezando a aceptar la impermanencia y la fugacidad. Muy lentamente, no sin dolor, autorizo que nuevas vidas, como la del joven gato Federico, vengan a sustituir a las que se han ido.

Hay un poco de calma en mí.

En Madrid, sin embargo, me di cuenta de que he perdido la costumbre de estar sola, y tuve que rescatar de mi repertorio vital todas esas técnicas y maneras para moverme con precisión, tranquila, en soledad frente a las cosas. Es un conocimiento que sigue estando en mí, y no es muy difícil, pero lo tenía un poco oxidado. Descubrí que siempre me sentiré cómoda comiendo sola en un restaurante, y doy gracias por ello, porque es una de las mayores suertes que le pueden suceder a un ser humano. La soledad es más aceptada socialmente en las grandes ciudades, pues es endémica, común, irrelevante.

Me abrumó la luz, las mareas de seres humanos corriendo de un lado para otro y que, no obstante, te miran y te reconocen como a otro ser humano. La amabilidad, de la que tanto se precian los ingleses, no es suficiente a veces; no sirve de nada si no se acompaña de un corazón que vibra, que te abraza suave, que te dice «hey, esto es la vida real, no una pose. Tranquila, estoy contigo». El guarda de seguridad que me indicó tres cafés diferentes a los que podía ir para pasar el rato porque me presenté demasiado pronto a ver una exposición y aún no habían abierto; la camarera de un bar que me hizo el favor de abrirme una botella de vino clandestina que saqué de una bolsa de plástico cutre del chino, porque no tenía abrebotellas en el hotel, y me guiñó un ojo; la dueña de mi taberna favorita, que me saludó como si me hubiera visto la semana pasada y me explicó los vinos que tenía en ese momento para que eligiera… Todos ellos hicieron que cuando, un poco por sorpresa, la perra de mi amiga apareció en aquella taberna y se enroscó en mis piernas, mirándome fijamente con su cara anciana y su ojo blanquecino y ciego, estuviera a punto de soltar la copa de vino y agacharme para abrazarla con todas mis fuerzas, llorando. Me detuve, muy inglesa en mi gestión emocional. La acaricié, por supuesto, pero no le dije cuánto la quería a pesar de no conocerla mucho y de no haber cuidado nunca de ella.

Siento mucho que te estés quedando ciega, C. Lo siento de verdad, con un dolor que me parte por dentro y que no puedo explicar. Me hubiera abrazado a tu cuerpo rechoncho y a tus canas y no te hubiera soltado en toda la noche.

He llegado a un punto en mi vida en el que juzgo a las personas casi exclusivamente por su capacidad para conmoverse.

Es Navidad en todas las ciudades, y esas luces falsas que las adornan me molestan mucho.

Deja un comentario