Han sido dos meses un poco largos. Hemos pasado un pequeño duelo; las cenizas de Gordita descansan en una árbol de lila y yo he cambiado de trabajo. Hace calor; me aferro a esta sensación maravillosa de mi cuerpo, más flexible y más ligero, acogiendo los rayos de sol a última hora de la tarde.
Tengo miedo porque mañana me tengo que poner un empaste. No debería.
El miedo siempre empaña nuestro paso por el mundo, que podría ser liviano e ilusionante, un recorrido bastante agradable en su conjunto. Pero todo lo que hacemos, y sobre todo lo que no hacemos, está regido por el miedo. Por las mañanas, pongo mis pies descalzos sobre la hierba, como una loca, para que me inunde la fuerza de todo lo que está fuera de mi cabeza y a lo que pertenezco. La belleza sin sentido del orden que habitamos. La humedad en las plantas de mis pies me alivia y me conecta con algo que parece más real que yo misma, y hallo un gran consuelo en estar equivocada. Solo la hierba es cierta.
No se puede ser más feliz que en los días de verano.
Hay tres gatos activos en este jardín en estos días. La gata de la vecina (una asesina en serie), uno blanco y otro naranja. Siempre me miran fijamente, como si esperaran de mí una presentación o alguna información importante. Yo me muero de ganas de saber algo de sus vidas y sus actividades, sus aficiones, sus esperanzas… Y juraría que están a punto de contármelas, cuando de repente salen como una exhalación y desaparecen de mi vista. Me dejan siempre con la palabra en la boca, con el deseo en el pecho, con un anhelo vibrante que después tarda en apagarse.
Estos gatos estarán aquí el tiempo que deban, y después desaparecerán y vendrán otros. Esto ocurrirá sucesivamente, una y otra vez, hasta el fin del mundo. Todo lo que podemos hacer es aceptarlo.