C. conducía a través de Mánchester y yo pensaba: “Voy en un coche con un gato muerto. Voy con un gato que lleva muerto 2 días y no huele”. Solo que no era un gato: era Gordita.
Gordita se marchó de repente (y cuando digo “de repente” quiero decir repentinísimamente) en la noche del 30 al 31 de marzo, después de comer su último Whiskas, dejar su plato limpio y reluciente y echarse a dormir satisfecha. Muy propio de ella (“Si me voy a morir, que no sea con el estómago vacío”). Yo estaba a cientos de kilómetros de distancia y no la sentí irse desde mi sueño. Tenía 14 años y medio.
Las cosas que fundamentalmente no entiendo son: cómo es posible que no haya llegado a ver este verano, que la estaba esperando, con sus insectos que zumban por todas partes, a veces en grupos, y realizan trayectorias de vuelo imposibles de seguir y absolutamente fascinantes; la brisa del atardecer, que trae esa temperatura perfecta y le remueve el pelaje suavemente, aliviándola del calor tropical del noroeste de Inglaterra; el espacio para dormir panza arriba, en medio del pasillo, en la corriente generada por las ventanas abiertas de las escaleras y del baño. Qué grandes alegrías le esperaban, tras este largo invierno que nos está durando una vida.
Cómo es posible que no llegara a usar el nuevo comedero automático que me regaló mi compañero de trabajo, que dura hasta 6 días y graba mensajes de voz para que ella los escuche en nuestra ausencia.
Cómo es posible que no vaya a ver las obras de la guardería de gatos donde murió terminadas; mobiliario de lujo y más espacio para jugar en el exterior.
Cuando tú tienes cosas guardadas para alguien a quien quieres, y ese alguien se marcha de repente, no sabes dónde colocar todas esas cosas. Sobre todo el verano, ¿qué hago ahora con el verano? ¿En qué parte de mi corazón puedo guardar un verano que ella ya no verá?
Este silencio de ahora es más sepulcral que aquel primero, el de Fudge. Caminamos siempre con mucho cuidado de no pisar la sombra de sus cosas, el fantasma de su cuerpo. Atentas, muy atentas, a no hacer ningún sonido extraño que pueda recordarnos a su voz. Todas las maderas crujen por la noche y ningún sonido de fondo enmascara ahora lo solas que estamos. Hemos de esperar, de nuevo, a que todo pase.
Porque todo pasa.
Vivo en una casa en cuyo jardín habrá enterrados ya la semana que viene tres gatos. Al primero de ellos no lo conocí, pero a los otros dos los habré enterrado yo (en forma de cenizas). Jamás lo hubiera creído posible, hace 6 años. Quiero, cuando esta casa ya no esté habitada por nosotras y albergue otras historias y otras voces, y cree otras penas y otros retos para sus habitantes, que todos ellos sepan la bondad que yo conocí aquí. Y el amor que nos tuvimos.