Si alguna vez os sentís idiotas, pensad que a mí me costó 15 años darme cuenta de que el motivo por el que mi mejor amiga de juventud dejó de hablarme era porque se estaba acostando con mi ex. Era sencillísimo de ver; estaban ahí todas las señales, pero me negué a verlo durante años. Y cuando por fin me di cuenta, sinceramente me importó un bledo. Sacrificar una amistad por cuatro polvos significa que nunca hubo tal amistad, ni nada que se le pareciera.
Con la pérdida de un amigo pasa como con la muerte de los animales, ¿verdad? Se trata de un dolor no reconocido socialmente. Es la pérdida de la pareja la que estamos autorizados a magnificar. La muerte o el abandono del compañero de vida justifican cada uno de nuestros actos de estetización del dolor.
Pero en realidad muchas de esas personas nunca fueron compañeras de nada ni de nadie; pasaron por nuestras vidas haciéndonos perder el tiempo. A todas esas personas que no habéis querido ir a terapia nunca… un abrazo.
Con S. estamos haciendo «L’ultimo bacio» de Carmen Consoli, y cuando el chico inglés y la estudiante española se han puesto a desgranar juntos el comienzo torpemente, y han conseguido que suene algo parecido al original durante unos 15 segundos (después ya viene cuando me equivoco y empezamos da capo), yo casi rompo a llorar allí mismo, a lo bestia y sin contemplaciones. A S. tampoco le hubiera importado mucho, porque es un hombre muy maduro y agradable; pero yo me he dicho «mira a ver si haces el favor de recomponerte, que ya tienes una edad».
Son tantas las cosas que se nos ha olvidado llorar a lo largo de la vida que, cuando la belleza nos coge por sorpresa, perdemos los papeles. La belleza es peligrosa.
Esa belleza salía de mis manos.
Sigue la cuenta atrás para la primavera. Todos sabemos que ella traerá la solución.