17 de diciembre de 2023. Mánchester

Me gusta ir a la peluquería porque me conecta con la realidad. Todas las mujeres gritan mucho y hablan con un acento norteño cerrado que me impide entender la mitad de lo que dicen. Pero capto lo suficiente. El otro día entendí que a la peluquera más joven le gustaría casarse algún día, pero que va a conservar su apellido, nada de ponerse el del marido. Anglosajonia se está hundiendo. La otra peluquera es una rubia de rostro anguloso con la que no te interesa tener problemas; creo que podría hacerte atravesar el cristal de la puerta de un manotazo. No es excesivamente grande, pero le sobra mala hostia, y una comprensión espeluznante de lo que es verdad y lo que es una tomadura de pelo.

Todas parecen sacadas de una película de cine social de Loach o Leigh y son buenas personas, porque su sistema ético es profundamente sencillo: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran. Veranean en Benidorm, y creen que ese lugar del mundo es el más maravilloso sobre la faz de la Tierra. No seré yo quien les contradiga, porque no soy nadie para hacerlo.

Sigo teniendo miedo a veces. Es una sensación molesta, como el que a veces tiene jaquecas o le duele un poco el nervio ciático. Se convive con ello; se buscan espacios de salvación y de alivio (la peluquería, los bosques…).

Tengo un pequeñísimo (ínfimo) rasguño en la palma de mi mano derecha, causado por una ardilla que vino hasta mí a recoger un cacahuete que le ofrecí. Me lo quitó de la mano y me arañó un poco. Como si, en el viaje de mi vida, hubiera llegado hasta el oráculo de Delfos y hubiese accedido a un espacio superior, a la sabiduría de la divinidad, al conocimiento del que mi alma deriva y al que está unida (siempre según Platón), guardo este encuentro como una revelación. Porque son pocas las veces que cruzamos la frontera de la domesticación, y solo hablamos realmente a los animales que viven en nuestra casa o en las casas de otros. Los animales libres ni nos pertenecen ni conocen las limitaciones que nosotros imponemos y, si vienen a tocarnos, nos asusta su grandeza.

Pero esa es la única realidad; esa y los problemas de las peluqueras de los barrios obreros, a las que les importa una puta mierda que este año te vayas a ir de vacaciones a Tailandia o a París, porque ellas se lo van a pasar infinitamente mejor en Benidorm.

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