Una adquiere conciencia de ser pobre en el transporte público. No hay nada más determinante y revelador de la ausencia de capacidad para elegir, de la ausencia de posibilidades de priorizarnos y priorizar nuestra salud mental, como el hecho de tener que usar un transporte público, muy temprano por la mañana, para ir a trabajar. ¿Qué puede haber más denigrante que compartir un espacio público con desconocidos, que rozarse y soportar hedores y sonidos no pedidos? A veces odio a las personas solo por la forma en que ocupan el espacio público y compartido. Miro con desprecio su mochila sobre los hombros, sus piernas abiertas, su cuerpo enroscado completamente en la barra común de la que todos hemos de servirnos para sujetarnos; su incapacidad de verse en el otro, de ver al otro.
Solo los pobres se ven sometidos a esta tortura, a esta violación de la calma que tanto nos cuesta reunir diariamente. El que no es pobre elige no mezclarse, de todas las maneras posibles, y así se mantiene puro en su burbuja, donde sus pensamientos no se manchan ni el aliento ajeno le molesta. Donde puede seguir creyendo que todo lo que tiene lo ha conseguido meramente con su esfuerzo y enfrascarse en piruetas mentales acerca de problemas que no existen, mientras la realidad sucede en los vagones de un tranvía que le es ajeno.
De todas las cosas que yo sueño y que podría comprar con dinero, la más anhelada es dejar de usar el transporte público a la única hora en que nadie en su sano juicio lo usaría.
En la Institución hemos puesto un altar de muertos, para honrar a la comunidad mexicana y educar un poquito a los brits. Yo he colocado una foto de Fudge, no porque crea que haya ido a ningún sitio, sino porque no quiero permitirme olvidarla. A veces a los animales se les olvida porque son pequeños y sus cuerpecitos se incineran y ocupan apenas una caja que cabe en una mano. Pero decía Mary Oliver que «no hay nada tan pequeño que no se haga preguntas».
Mi compañera L, cuando lo ha visto, ha decidido poner también en el altar a su perra, a la que echa mucho de menos, así que ahí están ahora las dos, haciéndose compañía: una perra y una gata que quizás, cuando estaban vivas, se hacían preguntas y que, ante la falta de respuestas, se conformaban con nuestra voz y nuestro calor, y el sonido de nuestros pasos en las noches de invierno camino del baño.
Tal vez ser olvidado es peor que morirse. Pero eso a Fudge no le va a pasar. En estos días en que caen sin cesar hojas muertas en las aceras y los jardines, y se acumulan en pequeños montones como para recordarnos que lo que deja de estar vivo también ocupa un espacio, utilizo el tiempo del transporte público para cerrar los ojos y abrazar el recuerdo. Así, construyo una burbuja que me abstrae de la miseria, del perfume y los after-shaves excesivos, de la tristeza en los rostros, de la sensación de asfixia.
Como si fuera rica.