Verme como me ve A. El brillo en sus ojos, deslumbrante, lleva 25 años guardado detrás de sus párpados. Tiene delante de sí a una muchacha de 21 años que acaba de cumplir 47 y no puede dejar de sonreír. Me pregunto cuándo fue la última vez que alguien me ha querido a través de su sonrisa. Tanto.
La nostalgia es peligrosa (me digo todo el rato). Bebo coca cola y me fuerzo a comer. Trago despacio y aparto la mirada constantemente, porque es difícil soportar tanta ternura hacia una misma.
Verme como me ve A puede ser una salvación o una condena. Porque en esos ojos aún soy capaz de hacer todas las cosas que, al final, nunca hice. Es doloroso y bello al mismo tiempo.
Garibaldi, la casa de Saboya, el imperio español, Orlando Furioso, la muerte de los padres, las lenguas románicas, los protestantes, la culpabilidad de los que emigramos, la banda de rock que planeo hacer, Carlos V de nuevo, Dante… No creo que vuelva a hablar de todas estas cosas juntas con alguien en mucho tiempo.
Jamás le he dicho cuánto la admiro.
Me he dado cuenta después de que no es otoño ni es verano, que es exactamente como me siento en general en este momento de mi vida. Amo esta luz que entra por la ventana por las mañanas y nos acompaña con el primer vino de la tarde en las terrazas; el tacto cálido y lento de las cosas, el aroma de comienzo, la ligereza de la sábana que me cubre por las noches. Pero una parte de mí piensa que ya no es el momento de estas cosas.