En mi nueva vida de jardines voluptuosos, latitudes septentrionales y barrios pobres que, en la periferia, se visten de cuento de hadas porque no quieren renunciar a la belleza, se me están olvidando los patios vecinales. Que es donde he pasado la mayor parte de mi vida. Una corrala en Madrid, donde se me caían los calcetines de la colada al bajo de la vecina ecuatoriana constantemente; donde se quedó enganchado un balón del colegio adyacente en las rejas de mi ventana, y el niño me gritó «señora, tírenos el balón» (tenía yo 26 años); donde el vecino yonki, ladrón de poca monta, me pidió un día cruzar de mi piso al suyo a través de la ventana porque había perdido las llaves (me contó que era calderero, o fontanero o algo así, y que ganaba una pasta, pero que la droga lo había maleado). Siempre aprecié su sinceridad, no se escondía. Odio a la gente que no va de cara, pero de esto hablaré en otro momento. Cuando me mudé me regaló un libro que había robado en la Fnac.
He vivido en Madrid en más patios vecinales de los que puedo recordar. En otro nació un niño. Hubo seis meses de absoluta tranquilidad y después vinieron los llantos y las discusiones. Recuerdo aquella vez que él dijo: «Joder, es que no puedo ni comer tranquilo»; y ella respondió «¿Y cómo te crees que me paso yo todo el día? Esto es tener un niño». No creo que duraran mucho.
En otro hicieron una noche una fiesta de karaoke y llegó la policía. Porque era un estúpido martes y no había quien durmiese ahí. No fui yo quien les llamó. En esa casa también intentaron robarme. Un lunes volví del trabajo y tenía un boquete en la puerta, pero no pudieron acceder al cerrojo y no entraron. A mi vecino le robaron el ordenador, la tele y 100 euros. Era todo lo que teníamos. Los pobres roban a los pobres, quiero creer que porque lo necesitan. Hasta el día siguiente el casero no reparó el estropicio, así que esa noche dormí con la puerta medio abierta y medio rota. Estaba tan cansada que me importaba una mierda. Total, si alguien hubiese entrado solo se habría llevado un ordenador, una tele… y 50 euros.
En este patio del norte de España yo he pasado mi infancia y mi adolescencia, lo que viene a ser el periodo de la vida en el que más se sueña. Imaginaba muchas cosas, y una vez me monté la fantasía de que los vecinos de enfrente eran unos espías de la CIA y que hacían cosas malas y secretas. Los espiaba con unos prismáticos de juguete. Creo que tenía 9 años.
Nada de todo eso tiene ya mucho sentido, desde que hace unos 8 años un hombre se precipitó por la ventana en este patio. Ahora salgo y siempre lo veo, espanzurrado contra el suelo mientras los sanitarios, muy despacio y sin ninguna agitación, caminaban alrededor mientras hablaban por el móvil.
El patio de mis padres estará teñido para siempre de esa soledad.
Leí el otro día a un psiquiatra. «Las personas que se suicidan no quieren dejar de vivir, quieren dejar de sufrir».
La frase late en mi cabeza.
Tener un jardín es perder estas cosas. Creo que el norte de Europa es una tierra escapista, que no en vano ha dado los mejores escritores (los mejores con diferencia) de fantasía épica.
Ahora quiero recordarme con 18 años, acostada en esta cama a las 4 de la madrugada y escuchando la música de la verbena de San Juan, que yo acababa de dejar, retumbando en las paredes del patio de vecinos. Mucho punk vasco y algo del pop español más en boga del momento. Yo soñaba que haría grandísimas cosas, que viviría lejos de aquí y que tendría un amor muy profundo, pasional y tormentoso. No soñaba con jardines. Ni con corralas madrileñas (que ni siquiera sabía que existían).
Al día siguiente tenía resaca. Y era feliz, porque todo estaba por hacer.
