17 de febrero de 2023. Mánchester

Los tranvías por la mañana van llenos hasta rebosar de seres humanos que, básicamente, son resultado de las migraciones normandas de principios de la Edad Media y del proceso de colonización imperialista de la India en el siglo XIX. Después estamos una minoría, representante de otros pueblos variopintos, que completamos esta extraña sociedad. Los dos idiomas que más se escuchan en el vagón son ambos indoeuropeos, pero no podrían ser más dispares. Se puede saber mucho de la historia de una nación por la clase de gente que se encuentra en el transporte público.

Aún me siento extraña en medio de todos ellos; como abducida e insertada en la jaula equivocada del laboratorio. Me han puesto con otras especies, y todas ellas me miran, extrañadas. O eso me parece a mí. Me acuerdo mucho de Madrid, y de los vestigios de nuestro colonialismo que corrían apresurados por los túneles del metro, moviendo los engranajes del capitalismo neoliberal que había engullido a la exmetrópoli.

Son extrañas las mañanas. Ese espacio compartido con desconocidos. Normalmente es cuando peores pensamientos tengo, acerca de todo; y cuando acecha el miedo, todos los miedos posibles a todo lo que aún no ha pasado, pero lo hará, o no; y solo sé que al final me salvaré porque el tranvía me lleva a una obligación ineludible, a la que prestaré atención; y por eso escaparé en el último momento de sucumbir asfixiada bajo una tonelada de escenarios apocalípticos. El tranvía es un cordón que me comunica con la realidad, aunque en sí mismo es surrealista y desagradable, y apesta a la tristeza de la obligación, de la incapacidad de elegir, del tiempo robado.

Yo miro siempre por la ventana porque, si tengo suerte, puedo ver a los cuervos posarse en las redes eléctricas del tranvía. Y me acuerdo, entonces, de que el espacio que realmente habito es otro, y es con ellos. Todos somos absolutamente necesarios. Cierro los ojos, y me calmo.

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