Quizás sean estas las peores Navidades que yo recuerde. Todos mis miedos conjurados y haciéndose realidad a la vez. Son cosas que tienen que pasar, supongo, pero echo tanto de menos el jardín, que siento como si me hubiesen arrancado algo. El silencio que me abraza cuando abro la puerta cae sobre mi corazón y lo calma. La dicha de un trino o de un rumor de hojas; el orden perfecto de las cosas que no se juzgan, ni anticipan, ni sufren, que me recuerdan que así es como debería ser todo, la vida, nuestros gestos, nuestro paso diario.
Aquí no hay ningún lugar donde sentirse a salvo.
He resultado ganadora del concurso navideño de microrrelatos que una santa y conocida institución celebra cada año para el conjunto de sus empleados. Me siento orgullosa, por supuesto; y soy vanidosa, como todos los seres humanos. Dejo aquí el microrrelato, porque sé que algunas personas pueden estar interesadas en leerlo. Gracias a todas ellas.
El relato comienza con el primer verso de un poema de Rafael Cadenas, tal y como imponen las bases.
La espera
«Eludías el encuentro con el tú magnífico», el que se detiene y presta atención a las cosas,
y es capaz de llorar, y se perdona. Llegabas cada día con cara de cansada, atravesabas el
caminito de entrada a la casa y me veías de reojo, siempre fingiendo que no lo hacías.
La primera vez te asustaste; mi sombra anaranjada surgió de repente del arbusto y se
perdió en el jardín del vecino.
Después de aquello te esperé cada día, porque percibí tu lucha. Una vez viste mi herida
y quisiste hablarme, pero no te atreviste. Cómo evitabas el dolor de nuestra fragilidad, la
que nos hace inmensos, preciosísimos; con qué tenacidad te protegías del desgarro que
somos.
Pero el día que ya no pudiste más, abriste la puerta y me miraste a los ojos. Yo maullé
brevemente, agradecido, y crucé el umbral de tu casa con paso lento.