18 de diciembre de 2022. Mánchester

La otra noche un zorro llamaba a otro desde la parte trasera de la casa. Suena como un ladrido de absoluto sufrimiento, como un gañido apagado. Dos minutos después, Pepe y otro amigo gato cruzaron a toda velocidad el murete del jardín. Pensé que el zorro iría tras ellos, así que cerré la puerta con miedo. C dice que un zorro jamás me atacaría si yo no le ataco. «Jamás» me parece una palabra demasiado radical y, sin embargo, es curioso que yo, cuando era joven, pensaba que algunas cosas no ocurrirían nunca y que otras lo harían siempre.

Menos mal que envejecemos.

La oscuridad pesa como un manto. Es una burbuja engañosa que te hace perder la noción del tiempo. Se encienden las primeras luces mientras tomas una comida tardía de domingo, y entonces ya no recuerdas si estás desayunando o almorzando, o tal vez ya estás cenando sin darte cuenta. Es una oscuridad pegajosa. Trae reminescencias del confinamiento, de los días largos que no empezaban ni acababan nunca. Cuando cierro los ojos pienso mucho en los días de verano.

Me he comprado un gorro, de estilo Cheshire flat cap, que estrenaré esta noche. Me gusta porque se ajusta perfectamente y me hace sentir que realmente es para mí. En la misma tienda, la sombrerería de Julie del mercado de Bury, compré también un gorro para mi madre. Es en los pequeños comercios británicos donde se comprende la verdad esencial de nuestro paso por este mundo. El ritual de educación requiere que el perfecto desconocido que te atiende se interese genuinamente por tu agenda de compras de Navidad, tu nivel de estrés, cómo llevas el frío (aquí aprovechan para recomendar un buen sombrero) o la subida de las facturas de energía. Cuando tú se lo explicas, ellos escuchan atentamente. Y te ofrecen, desde una distancia emocional segura, que consigue ser cálida al mismo tiempo, palabras poco originales pero muy reconfortantes. La educación británica solo es el acto de pararse a escuchar, algo que para muchas personas habrá constituido el único y el más profundo acto de amor de ese día.

Sabiendo esto, me comporto con grandísimo respeto y enorme reverencia con todos los profesionales del comercio y de la restauración de este país. Por la noche, cuando los zorros merodean hambrientos, me pregunto cómo de diferente sería el mundo si los sonidos de todas las criaturas nos importasen.

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