Han pasado un año y dos meses (casi tres) sin Fudge. Me acuerdo de ella estos días de temperaturas extremas en Reino Unido y atardeceres en el jardín. La población de gatos ha sufrido algunos cambios en este tiempo. Desapareció el gato callejero que la molestaba a veces, pero ha aparecido otro, negro y menos agresivo. Hay una nueva gata joven, Jasmine, que trota detrás de su hermano Pepe y le imita en todo. Gordita ha desarrollado su independencia y su confianza; defiende su territorio frente a los pobres Pepe y Jasmine, que solo quieren atravesar el jardín para hacer su recorrido exploratorio diario. No creo que eche de menos a Fudge; los animales no suelen tener duelos, aunque se hayan registrado algunos casos.
Si Fudge pudiera volver ahora, de repente, pondría orden en todo, indignada. Y revisaría cada palmo del jardín en busca de ratones, porque estos gatos no parecen interesados en ellos.
Aún lloro un poco cuando la recuerdo.
La ciudad huele completamente diferente. También la casa, mi cuerpo, el transporte público y el mobiliario de la oficina. Es como si la temperatura extrajera identidades nuevas a las cosas.
En el trabajo hay cambios. Hay gente que asciende, yo me quedo donde estoy. Estuve molesta un día; después me pregunté: «¿tú quieres eso?» Comprendí que no, que convertirme en contable (única forma de ascender) para mí sería una derrota. Yo que fui tantas cosas y que sigo siéndolas en mis sueños; yo que suspendía matemáticas a propósito, para sentirme importante, ¿voy a acabar pegada a una calculadora? Pero os diré lo que pasa.
Para vivir en el primer mundo, hay que amar el dinero. En los últimos meses tengo la sensación de que aquí la gente solo habla de dinero. Deja trabajos por otros mejor pagados constantemente (o siempre que se puede), cambian de coche y de casa como quien cambia de móvil, reserva vacaciones en complejos turísticos con todo incluido (hasta el coche que te recoge en el aeropuerto). Y yo acabaré haciéndolo todo. Se nos está pegando «la moral protestante (y el espíritu del capitalismo)» de los que hablaba Max Webber. Hemos visto las posibilidades (buenos salarios, movilidad laboral), y la ola nos arrastra. O quizás debería hablar solo por mí y mis pensamientos de los últimos meses. Me hacen sentir ajena y extraña.
Vivir en el primer mundo te aleja de la realidad y de las cosas importantes. Hay que mantener la calma, porque se corre el riesgo de gastar la energía en cosas insustanciales, en ascensos e hipotecas. Y a este paso se nos van a quedar los libros sin escribir, las personas sin cuidar, los amigos y los lugares sin visitar.
Me digo todo esto sin saber si me estoy mintiendo a mí misma. No debemos olvidar que me hago mayor, y más burguesa. Culpar a los británicos no me hace mejor persona. Pero es curioso cómo el capitalismo te crea constantes y nuevas necesidades, todas adquiribles con dinero. Es el sistema perfecto.
También he aprendido una cosa un poco misticoide: que las respuestas se dan con el tiempo y es mejor no angustiarse por encontrarlas ahora. Seguiré recordando a Fudge aunque me duela. Eso es ser valiente. Eso es no perderse del todo.