12 de marzo de 2022. Mánchester

El encuentro con un animal, y el reconocimiento de su experiencia de ser frente a nosotros, son fundamentales para la constitución de nuestra identidad. O quizás debería decir para la deconstrucción de nuestras dudas y nuestros temores acerca de nuestra identidad. Quiénes somos es algo que probablemente nunca sabremos, a pesar de tener una intuición inexplicable sobre qué es ser nosotros y qué es no serlo. La identidad se construye y cambia a lo largo del tiempo, y es extremadamente compleja. Sabemos, seguro, que necesitamos del otro para inventarla. Somos oposiciones y contrastes: humanos porque no somos animales, negros porque no somos blancos, pobres porque no somos ricos… Y sobre estas dicotomías construimos valores morales (qué es bueno y qué es malo. Yo soy bueno). No somos nadie sin un otro, sin un espejo real o inventado. En el fondo, no estamos seguros de nada, y casi siempre vivimos aterrorizados con la secreta certeza de ser menos válidos y menos listos y menos exitosos y menos amables de lo que creemos o nos gustaría.

Por eso es conveniente a veces encontrar a un animal. Encontrarlo quiere decir detenerse al verlo; otorgarle su lugar físico, su espacio, su burbuja, y saludarlo. No ha de ser en voz alta necesariamente, podemos saludarlo mirándolo a los ojos. Pero hemos de detenernos. Muchas veces, al volver a casa tras un día de trabajo, he encontrado un gato o una ardilla en mi calle, a veces en la puerta misma de la casa donde vivo. Y me he dado cuenta de que si me detengo, los saludo y les pregunto qué tal les ha ido el día, ellos me miran y quizás, en algún lugar de su universo cognitivo, me contestan. Lo primero que me llamó la atención cuando decidí saludar al gato de la vecina una tarde es que él me reconoció como una entidad viva que merece atención; me miró, se acercó caminando unos pocos pasos y me dijo algo que no entendí. No salió corriendo ni pasó de largo, se quedó conmigo y esperó pacientemente a lo que yo tuviera que decirle.

Los animales se paran y te prestan atención, si tú los reconoces también como sujetos. La atención es la manifestación más básica del amor, como señaló Simone Weil. Por ese motivo, cuando los animales nos miran, nos entran estas tremendas ganas de llorar. Somos nosotros, desnudos, sin el desprecio que nuestros jefes vierten sobre nosotros, sin la menor idea sobre qué aspecto tenemos y en qué medida importa eso. Somos seres mirados, reconocidos de una manera simple desprovista de valores culturalmente mediados. El único valor que percibimos es el de ser vistos, validados, considerados valiosos.

Encontrar un animal nos proporciona el refugio del respeto por nosotros mismos. Nosotros, sin embargo, pasamos de largo frente a ellos muchas veces. Y también frente a otras personas.

El mal tiene muchas causas y es un fenómeno estructuralmente complicado. En mi opinión, sin embargo, muchas veces proviene del dolor. Algunas personas son malas porque no saben cómo paliar la frustración, la humillación, los problemas socioestructurales y económicos, la falta de reconocimiento personal en estas sociedades que claramente solo valoran a las personas por aquello material que poseen y que pueden ostentar u ofrecer. Hace tiempo que ya no se odia a las personas por racismos de base ideológica, sino por aporofobia instrumental e institucionalizada. La clase media debe ser xenófoba y egoísta, porque el sistema le empuja a canalizar su dolor por ahí (para que no se vuelva contra él). Nuestra identidad se construye frente al otro siempre; a veces a ese otro hay que odiarlo, para salvarnos del dolor y sentir que valemos algo.

Quizás es momento de ampliar la construcción de nuestras identidades incluyendo de vez en cuando espejos de otras especies. Hay un poquito de verdad en quiénes somos cuando nos detenemos frente a un animal y observamos con calma, sin hacernos preguntas. Un día cualquiera, de repente, nos ofrecemos ante un ser desconocido por un instante, y él se acerca a nosotros esperando cariño, amabilidad, reconocimiento; las personas no esperan de nosotros eso normalmente. Así que olvidamos todo lo que no pudimos ser ese día y percibimos un calor inmenso en el pecho, nuestra propia sencillez, nuestras posibilidades. Estaban ahí, estuvieron ahí siempre. Cada día las llevamos con nosotros y hacemos con ellas lo que podemos, generalmente esconderlas. Valemos un mundo para alguien en ese instante. Nos asombra su interés por la esencia que somos; ni el cónyuge, ni el trabajador, ni el ciudadano, ni el padre, ni el hijo. Solo alguien; una existencia, en el fondo sola, pero en ese momento acompañada por otra. No hay mucho más misterio en la vida, en realidad.

Deja un comentario