27 de febrero de 2022. Mánchester

En el restaurante del centro, los ingleses comían paella, con sus vasos llenos de vino a rebosar, y eran felices. Pero felices de esa forma que solo somos cuando empiezan los días de verano, y nos sentimos buenos y llenos de propósito, y las personas que queremos se encuentran bien y a salvo. Afuera llovía y rugía un poco el viento, pero dentro no se notaba. Yo no había disfrutado mucho mi comida, de una calidad discutible, y sentía envidia. Envidia de esos rostros sonrientes, de ese conformarse, de ese soñar tan puro y tan inocente con días de vacaciones en un lugar extranjero, amable y barato, que sientes haberte ganado después de haberte roto el culo trabajando duro durante muchos meses.

Quise ser inglesa; no saber lo mala que estaba la paella, sentirme importante y en paz con mi copa de vino, amar el instante.

Hay algo definitivamente bello en el aprecio que aquí hacen de las cosas que no tienen. A veces las pueden conseguir con dinero, pero valoran cada penique gastado y sonríen. Porque el vino es cálido en la garganta, y en el corazón, y hoy estamos vivos.

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