Ha vuelto la oscuridad, la noche permanente. Los fantasmas que creíamos dormidos recorren con estudiada calma los recovecos de nuestro cuerpo, esperando su oportunidad. La pandemia es algo que ya ha pasado, pero no. Se empieza a usar como elemento narrativo en las series de televisión. ¿Es pasado o presente? No sabemos.
La belleza de las hojas en otoño es innegable. Son pocas las cosas muertas que nos gustan, y esta es una de ellas. En su despojarse, los árboles crean mantos inimaginables y bellos, que las gentes en las ciudades suelen desconocer, porque los árboles están distanciados o son pocos, y porque disponen de servicios municipales de limpieza de parques y jardines. Aquí, en un barrio cualquiera, si no sale un vecino espontáneo con su pala a poner un poco de orden, los objetos cotidianos quedan sepultados en montañas de hojas. Normalmente nadie quiere salir con su pala; nos da pereza interrumpir el otoño, desenterrar cosas que a veces muestran una belleza insólita cuando están tapadas. Recogeremos cuando todo haya terminado de caer, porque en el fondo nos gusta esta percepción de que hay belleza en la muerte. Estamos hartos de fingir felicidad en los días luminosos, solo porque hace sol y el mundo parece vivo; de reírnos con el universo, al unísono, en la fiesta de todos los veranos, en el exhibicionismo de la serotonina fácil y vacía. Queremos creer que hay otra felicidad, más duradera. Dentro de nosotros, aunque sea de noche.