11 de agosto de 2021. Mánchester

Por las mañanas estoy tan sola que las cosas y los animales hablan. Un gato negro me miraba hoy desde el otro lado del cristal y me preguntaba quién soy y por qué estaba vigilándolo. «No sé la respuesta a nada de eso. Solo sé que vivo aquí». Le ha parecido un comentario sorprendente. Él vive en muchos jardines, y hoy era su primera vez en este. No entiende nuestra relación posesiva con el mundo.

Estoy investigando la teología natural, o formas racionales (no reveladas) de demostrar la existencia de Dios, para un próximo artículo. A la gente le sorprendería saber con cuánta racionalidad han escrito los filósofos cristianos sobre estas cuestiones. El tema es apasionante, pero al final, en realidad, creo que la única prueba de la existencia de Dios está en los gatos que cruzan nuestros jardines. No piden nada, no esperan nada. Ofrecen su mera presencia y te dejan asombrada. Cuando se van, queda una sensación vaga y extraña, como si alguien hubiera acariciado tu cabeza por dentro.

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