26 de julio de 2021. Mánchester

En mi ausencia, C ha comprado una cortina antimoscas para la puerta del jardín. Tiene los colores de la bandera española y ondea con una libertad y una alegría impropias del ladrillo marrón que le sirve de sustento. Es como ponerle un traje de faralaes a una casa británica.

Por la mañana temprano, la cocina estaba sumida en un enorme silencio y, mientras preparaba el desayuno, podía escuchar la melodía, suave y discreta, de la brisa moviendo la cortina. Me he acercado a la puerta, atraída por un encantamiento inexplicable, y he salido al exterior. Los pájaros me observaban desde sus atalayas, callados, mientras las cintas bailaban con elegancia sobre mi cuerpo. La brisa cantaba en ellas con el rumor de las tardes en el campo y el roce de la hierba seca. Un viaje inesperado, al momento de la infancia anterior al miedo, me ha levantado del suelo.

Existe una música anterior a nosotros. Viene de muy lejos y suele permanecer en la fragilidad de las cosas. Ahora se ha quedado retenida en esta cortina antimoscas, atrapada, como si un espíritu bueno se hubiera abierto un hueco en nuestro pecho.

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