C. siempre sonríe (menos cuando pierde su equipo de fútbol) y te hace sentir que la vida, el mundo, son amables y buenos; y que vale la pena estar aquí.
Soy muy afortunada.
Es muy posible que mi vida vaya a tomar un rumbo algo diferente en los próximos meses, pero pase lo que pase sé que siempre seré una editora. Años de experiencia me han otorgado estas irresistibles ganas de bostezar cada vez que alguien dice: “He escrito un libro. ¿Quieres leerlo?” No, gracias. Se necesita tanta brillantez para sorprender al mundo; tanta honestidad, tanta falta de pretensión, tanta sencillez y coraje… que no sé ni cómo os atrevéis.
Cuento esto porque ahora estoy en Twitter, y veo todo con esa distancia entrañable de editora que ya no ejerce. Desde el campesino hasta el decano de una respetable universidad española, todos son niños que venden libros. Y no importa que hayan conocido el amor, la comodidad económica o el prestigio social en otros ámbitos. Parece ser que una vida lograda pasa por ser un reconocido escritor. En estos tiempos de autopublicación todos creen serlo.
Angelicos.
Me asusta este empecinamiento nuestro en desear cosas que no pueden ser. La negación de la felicidad y la verdad que albergamos, de lo que sí somos. La ambición vacía. La invalidación de las personas que nos aman, de la herencia que portamos, de las cualidades que poseemos, de la vida que se nos escurre entre nuestros privilegios burgueses.
Una parte de mí no va a lamentar nada dejar de ser editora o correctora. El principal motivo que me llevó a esa profesión fue dar voz a las personas que menos lo buscaban, rescatar lo que se había olvidado. Y joder, si podía, a los grandes. Eso nunca sucedió y, de haberlo hecho, no me hubiera dado dinero (Ah, por supuesto: me gusta el dinero).
Pero cuando C sonríe todo me basta. Me alegro mucho de haber aprendido, un poco, a estar en el mundo.