14 de julio de 2021. Mánchester

Fudge descansa por fin en un olivo. Las cenizas eran de un color blanquísimo, casi brillante, como un puñado de cal. No poseo absolutamente ningún conocimiento de química, así que esperaba que las cenizas fueran grisáceas. Quizá me imagino que somos los restos de un cigarro.

Mi madre me ha llamado esta mañana para plantearme un dilema moral. Una vecina que en el pasado, en virtud de sus problemas mentales y su soledad, difamó a mis padres, contando mentiras y acusándolos de un robo que solo existía en su fantasía, le ha pedido ayuda hoy porque está muy sola y muy enferma. Ha sufrido varios infartos y su salud es muy precaria. No tiene a nadie. Mi madre quería saber si me parecía correcto que le ayudase, aunque ella ya había decidido hacerlo.

Y no sabemos por qué, pero en ocasiones nuestros sistemas éticos, aunque carecen de fundamentación racional, están arraigados con fuerza en nosotros. No existe la opción de no ayudar a esta mujer. Ni para mi madre ni para mí. Poseemos sistemas de creencias que no sabemos articular ni explicar; son las normas que nos hemos dado a nosotros mismos inconscientemente, tal y como Kant deseaba.

Hoy lucho con el miedo. Apunto en una libreta lo que creo que me va a pasar, y dentro de unas horas o mañana, cuando nada de eso haya ocurrido, lo escribo al lado: «No sucedió». Se supone que esto funciona. A mí nunca me funciona.

Gordita duerme detrás de mí mientras escribo esto. La paz de su ronquido, tan irregular como encantador, la deseo para mí. También su falta de metacognición, su presencia en el momento. No sé qué hacer conmigo ni con mi miedo.

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