He encontrado una inesperada calma en la parte delantera de la casa. No sé qué es. Hemos puesto una vieja silla junto a la puerta y cada día me siento ahí, temblando de frío unas veces, de miedo otras. Escucho el ruido del viento entre los árboles y siento que la vida es más real cuando reparo en los detalles de las hojas, el asfalto, las macetas del vecino, las luces que se encienden en alguna casa…
Anoche nevó. Ya nada es predecible.