Hace un par de noches tuve un encuentro en la tercera fase muy agradable. Abrí la puerta trasera, en medio de la oscuridad, para fumar un cigarrillo. Toda esa inmensa negrura que se extendía ante mí, de pronto, se vio interrumpida cuando se encendió la luz de seguridad de la puerta principal, que se activa con el movimiento. Por el rabillo del ojo izquierdo esperaba ver pasar al vecino con su perro, pero nadie apareció. Esperé unos instantes. Vislumbraba la verja de hierro al fondo, desde la cual corre el pasillito que divide los muros de nuestra casa y la del vecino; la luz al final, junto a la verja, y nadie.
A los dos minutos entró arrastrándose bajo la verja, con una agilidad y una premura que me recordaron al conejo de Alicia, un erizo. Avanzaba como una bala (gordita, eso sí) directamente hacia mí a través del pasillo. Al alcanzar mi altura se quedó petrificado (culpa mía, porque encendí una luz para verlo mejor) y después lo perdí de vista.
Los erizos entran por las puertas y las verjas como las personas y, al hacerlo, activan las luces de seguridad. Me los imagino con un ramo de flores en una mano y una botella de vino en la otra, pidiendo permiso para cruzar tu jardín. Soy una gran admiradora de los animales silenciosos, dentro de los cuales imagino mundos complejos de vida y pensamiento. Sucede como con las personas, que las que menos ruido hacen son las que tienen cosas más interesantes que decir; pero casi nunca las escuchamos.


No me creo que hayamos vivido un invierno. No concibo la fuerza que hemos sacado de dentro para atravesarlo. Hemos vuelto al punto de partida, cuando todas las cosas reclaman nacer de nuevo. Lo hacen poco a poco, sin exaltaciones mediterráneas ni explosiones estivales, que aquí no se conocen. Al sauce le va saliendo un embozo, como la pelusilla de los adolescentes, que creo que se llama amento; el peral del vecino (que tiene la mitad de las ramas en este jardín) anuncia ya que se ha despertado y exhibe sus primeros botones. Todas las ramas, no obstante, siguen estando desnudas y esqueléticas, y los jardines parecen poblados de muertos vivientes.
Sin embargo, de la muerte que hemos vivido no se hablará; y aunque se hable, no se escuchará. Solo algunas personas saben, porque nos han sostenido cada día, del dolor que nos vino impuesto y los esfuerzos que hemos hecho para construir con él nuevos motivos de vida. Los seres humanos siguen divididos entre su infantilizada exaltación del yo y la dependencia e interconexión con el resto de los humanos, sin quienes no sobrevivirían y a quienes necesitan constantemente, pues sus cuerpos son vulnerables. Este conflicto sigue siendo invisible e irresoluble para la mayoría de las personas.
Decía Zenón de Citio que el mundo es un animal dotado de razón. Por eso, quizás, y a pesar del invierno, nunca se rinde.