7 de marzo de 2021. Mánchester

He cortado la hierba. He plantado flores y algunas semillas. El jardín está muy bonito, pero aún necesitamos que suban un poquito las temperaturas.

No quiero esforzarme por estar distraída; quiero tener distracciones de verdad.

No quiero esforzarme por tener ilusiones; quiero que estas vengan naturalmente.

No quiero salir a dar paseos; quiero tener un propósito en mis pasos. Caminar sin rumbo es lo más depresivo que he hecho en mi puta vida.

No quiero volver a trabajar en el jardín hasta que no deje de hacer frío.

No quiero tener esta presión en el costado.

No quiero seguir soñando toda la noche y despertándome cansada y mareada.

No quiero pensar que me voy a morir.

Este es un acto de rebeldía contra la terapia cognitivo-conductual. No quiero. No me quedan fuerzas. Y ahora no sé hacia dónde dirigir mi mirada.

En La monarquía del miedo, Martha Nussbaum expone, de manera documentada y sistemática, una de mis grandes intuiciones: las relaciones entre el miedo, la ira y la envidia. El miedo es la sensación más antisocial que existe, porque en el momento en que alguien lo siente, solo puede pensar en sí mismo y en su propia seguridad. La dimensión de los otros se desvanece por completo; no hay posibilidad de interacción, mucho menos de comprensión o comunicación. El miedo paraliza, aísla, secuestra. Es la emoción egoísta por antonomasia. Me llevó tiempo comprender por qué algunas personas buenas me habían hecho daño. Prefirieron (siguen prefiriendo, siempre lo harán) dañar a quien aman, con tal de no enfrentar su problema o su miedo. A día de hoy no dudo de su afecto hacia mí y, aunque intento respetar su miedo (pues todos los padecemos), mi dolor no se mitiga. Quizás es una carga que llevo en mi corazón ahora mismo.

Me repugna tener miedo por todo el daño que puedo causar.

Tengo una determinación invencible, no obstante, de creer que algún día todo se solucionará. Esa determinación, ahora mismo, la sustento con nada, pues nada me queda de la persona que era hace meses, excepto, quizás, cierto instinto de supervivencia.

Los días siguen pasando; iguales. No me digáis, por favor, que salga a pasear para distraerme.

Deja un comentario