23 de febrero de 2021. Mánchester

Me fascina la mentira. Siempre lo ha hecho, y con el paso del tiempo me obsesionan cada vez más sus mecanismos, sus causas y todo el entramado de infelicidad personal que genera. Siempre he querido escribir sobre algunos casos de con-artists que me han impactado, como el de Tania Head (en realidad Alicia Esteve) o el más reciente de Rachel Dolezal, y me pregunto si de ellos podríamos extraer lecciones éticas. Es una buena propuesta de libro, muy del estilo Planeta; lo veo superventas total.

Revisando estos casos, Google me lleva al término «pseudología fantástica» o «mitomanía», y a partir de ahí descubro decenas de historias increíbles. ¿Padecen una enfermedad mental estas personas? Sin duda, muchos de ellos sí. Pero en nuestra vida cotidiana la mentira anida de una manera mucho más prosaica y frecuente, porque verdaderamente creo que pocas personas viven con aceptación su propio ser y su propia biografía. Mucha gente rechaza conocerse, identificar sus deseos y sus emociones verdaderas, y prefieren vivir ficciones. Por el camino, dejan un reguero de dolor y de mierda. A este convencimiento me ha llevado mi experiencia con la mentira.

Por supuesto, hay muchas clases de mentiras y todos las hemos dicho alguna vez, pero a mí me interesa la mentira esencialista o estructural; es decir, aquella mentira que afecta a una parte fundamental de la identidad del individuo, de modo que cualquier interacción a partir de esa premisa resulta una ficción.

Descubro que Juan Jacinto Muñoz Rengel ha escrito Una historia de la mentira. Lo he comprado inmediatamente.

La mentira también me interesa porque está en la base de los mecanismos de la ansiedad: pensamos cosas que no son ciertas, y de nuestra creencia en ellas se deriva el sufrimiento. Por eso la naturaleza es tan importante; porque las leyes naturales que rigen el mundo son verdad y no hay nada que pueda cambiar eso. Es un espacio libre de mentira donde no podemos ser otra cosa que lo que somos y, aunque a mucha gente eso puede asustarle, en realidad es la liberación más trascendental que alguien puede obtener. Ninguna revolución humana nos la traerá jamás.

Salieron las primeras flores, absolutamente valientes en este clima cambiante, y una semana después han llegado las abejas. Si hay flores hay abejas. Es una ley que estos seres se aprestan a cumplir, pues se les ha llamado a existir según estas normas misteriosas. No hay incertidumbre ni posibilidad de elegir en el mundo exterior y cierto del que formamos parte. Seguirán surgiendo en los próximos días diferentes flores y plantas sin que intervengamos en el proceso ni podamos evitarlo. Cuando pongo la mano sobre la hierba húmeda lloro por las mentiras que me han sido dichas, y por las que me digo yo. Pido ser lo suficientemente fuerte. Doy gracias.

Un comentario sobre “23 de febrero de 2021. Mánchester

  1. Para lo del libro llegas tarde. Creo que ya lo comentamos una vez, hubo un tipo, creo que era de Barcelona que decía haber sobrevivido a un campo de concentración y andaba por el mundo dando conferencias. Se descubrió que era todo mentira y alguien, puede que Javier Cercas, escribió una novela. Cambiando de tema, me alegra que ya haya llegado la primavera y el tiempo se mejor por allí, Johnson ha dicho que para mayo os abren los pubs, yo ahí lo dejo…

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