Han sido días buenos. La voz de mi madre sonaba como la de una muchacha guapísima, joven, ilusionada y llena de vida, al otro lado del teléfono. Cumplirá 80 años antes de las próximas Navidades.
Hay más luz, y el jardín deja pasar a veces unos rayos de sol inesperados, tenues pero valientes, que me hacen soñar con el verano. He recordado los veranos. La época en la que somos inmortales y optimistas más allá de toda racionalidad. Pero solo es porque amamos más, también a nosotros mismos.
He aprendido cosas; he leído bastante.
Y sin embargo, a ratos…
Tengo un convencimiento cada vez más radical de que ningún arte y ninguna reflexión filosófica que no nos hablen de la esperanza tienen sentido ni futuro. Necesitamos una filosofía de la esperanza, porque solo dando un significado al sufrimiento podremos encontrar motivos para ser, para seguir siendo a pesar de todo. No comprendo esta irreverente condena y descelebración de lo que es hermoso. No entiendo por qué nos queremos con miedo, con rabia, con desconfianza y con limitaciones. Ha de haber un significado en cada cosa y un propósito en el misterio.
El otro día leí que la religión tiene éxito porque ofrece un relato de salvación y reparación para las víctimas de la historia (los pobres, los oprimidos…). Puedes creértelo o no, pero no puedes competir con eso. La ética no puede.
Fudge sigue envejeciendo. Cada vez más lenta, cada vez de peor humor; y, sobre todo, cada vez más extrañamente cariñosa, como si ahora se arrepintiera de todo el tiempo que ha perdido en su vida siendo una gata arisca. Me reconozco en ella y finjo que no me importa. Querer mucho a un animal no es bueno.
Dicen que nevará este fin de semana, pero yo solo huelo verano detrás de las hojas.