31 de diciembre de 2020. Mánchester

Siempre que llega este día, resuena en mi cabeza el comienzo de la novela que para mí fue tan esencial durante muchos años:

«El año moría dulcemente. El sol de San Silvestre derramaba un esplendor velado, suave, tibio y áureo, casi primaveral, en el cielo de Roma. Todas las calles de la ciudad eterna estaban en extremo animadas y concurridas por gentes del pueblo, como en los domingos de mayo. Sobre la plaza Barberini y en la plaza de España una multitud de carruajes pasaba atravesando a la carrera, y el rumor confuso y continuo de la muchedumbre que poblaba las dos plazas, subiendo por Trinità dei Monti y por la vía Sixtina, llegaba atenuado hasta las habitaciones del palacio Zuccari.

[…]Andrea Sperelli esperaba en sus habitaciones a una amante».

El placer, 1889

Qué dicha maravillosa no esperar a una amante. Esto es lo que pienso ahora.

Y sin embargo, este párrafo de D’annunzio seguirá siendo uno de los más hermosos de la literatura en lengua italiana. Un comienzo perfectamente dickensiano, si Dickens hubiera sido decadente.

Es una maravilla no esperar, sino simplemente ser. Ayer, mis pasos sobre la nieve blanquísima. Nuevos caminos. La nieve tiene esa cualidad, que nos hace creer en el renacimiento y la pureza, como si pudiéramos poner a cero el contador de los daños. Pero hay una cosa más importante aún: la nieve es silencio. La calma inmensa, sobrenatural, que nunca alcanzamos y en la que las cosas del mundo se reconocen, se nos ofrece en un acto de generosidad, un par de mañanas al año, como para decirnos: “Estoy aquí; existo”.

Cuando nieva todo calla. Y el milagro que somos se detiene también, asombrado.

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