28 de diciembre de 2020. Mánchester

«No tengo pruebas, pero tampoco dudas».

La vecina rubia

Me doy cuenta de que, siendo agnóstica, tengo algo en común con millones de personas alrededor del mundo, esto es, la creencia en dios. Y este es un vínculo poderosísimo que tendemos a ignorar porque, por alguna extraña razón, preferimos centrarnos en las diferencias. Ninguno de vuestros dioses me parece cierto, pero partimos de la base de que aceptamos la trascendencia, y eso nos une por encima de muchas cosas. Yo siempre estaré más cerca de una persona con fe que de un ateo, porque su seguridad me parece tan falsa y tan imposible como la de las personas que tocan a mi puerta para contarme las maravillas de su «verdadero» dios. Al menos estas personas han tratado de darle sentido y forma a algo que todos vemos; lástima que su intento sea tan infantil, y tan inmoral a veces.

El grandísimo descubrimiento de estos días ha sido para mí comprender que la filosofía en Grecia no nació como paso del mito al logos; de la explicación del mundo mediante la religión a la explicación racional/científica. La filosofía nació como búsqueda de dios, y ocurrió cuando efectivamente quisieron romper con una divinidad antropocéntrica, inmadura e imperfecta e intentaron comprender qué era lo que en realidad yacía en el origen del mundo y en la composición del Universo. Cuál era el motor y la esencia de la vida; qué parte de la divinidad había en nosotros; quiénes somos; cuál es la causa del ser. Es lo que Teresa Oñate ha llamado «teología racional pagana», que es la cosa más bella y más magnífica que he escuchado nunca.

Así, se enzarzaron en discusiones delirantes, y a menudo incomprensibles, sobre la composición del mundo, siempre bajo la premisa de que la verdad no podía conocerse mediante los sentidos (que son engañosos), sino que debía usarse la pura razón intelectual. Por ello, no llegaron a ninguna conclusión física y tampoco se pusieron de acuerdo en nada metafísico, hasta que llegó Sócrates y les dijo que eran más pesados que una burra en brazos; que se fueran al carajo con esas mandangas, porque no se podía saber nada con seguridad («Solo sé que no sé nada») y que él se iba a ocupar de la virtud, del bien y de cómo ser un ciudadano útil, porque era lo que de verdad importaba. Y nació la ética. Y yo doy gracias. Amén.

He empezado a comprender estos días que las personas capaces de percibir la existencia de dios desde la racionalidad somos millones. Que apenas nos adentramos en esa búsqueda, generalmente a través de la naturaleza y su orden perfecto y trascendente, solemos rendirnos, y decidimos cobijarnos en la contemplación y la participación en el conjunto de la obra, sin cuestionamientos, para evitar la angustia. Nos socratizamos.

Así he llegado, de manera totalmente azarosa y en el momento en que más la necesitaba, a la obra de la poeta Mary Jane Oliver, premio Pulitzer, autora prolífica y exitosa (la poeta más vendida en Estados Unidos), que lamentablemente falleció hace 2 años. Sus más de 30 libros son un trabajo devoto y hermosísimo de teología racional y de autoconocimiento mediante la naturaleza. Un alivio primitivo, como el del final del viaje, se posa en mí; mi corazón ya no está solo.

Si los filósofos pueden tener dioses, los poetas serán sus profetas.

I Happened To Be Standing, by Mary Oliver

I don’t know where prayers go,
or what they do.
Do cats pray, while they sleep
half-asleep in the sun?
Does the opossum pray as it
crosses the street?
The sunflowers? The old black oak
growing older every year?
I know I can walk through the world,
along the shore or under the trees,
with my mind filled with things
of little importance, in full
self-attendance.  A condition I can’t really
call being alive.
Is a prayer a gift, or a petition,
or does it matter?
The sunflowers blaze, maybe that’s their way.
Maybe the cats are sound asleep.  Maybe not.

While I was thinking this I happened to be standing
just outside my door, with my notebook open,
which is the way I begin every morning.
Then a wren in the privet began to sing.
He was positively drenched in enthusiasm,
I don’t know why.  And yet, why not.
I wouldn’t pursuade you from whatever you believe
or whatever you don’t.  That’s your business.
But I thought, of the wren’s singing, what could this be
if it isn’t a prayer?
So I just listened, my pen in the air.

Mary Jane Oliver lee «I happened to be standing».

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