Hoy he buscado una app podómetro para motivarme un poco a caminar, quizás con algún dato poco fiable, pero agradable, sobre los beneficios para el sistema cardiovascular de 2 miserables kilómetros de caminata; o con pequeños retos infantiles diarios, o datos de ciencia para dummies… No sé, algo. Como esas apps para dejar de fumar, que a las 6 horas de haber fumado tu último cigarro ya te dan datos de cuántos minutos de vida has ganado y calculan tu presión arterial. En fin, imposible. Ni una sola de las apps podómetros deja de contar las calorías que quemas. Las tres verdades de hoy: las personas solo caminan para adelgazar; existe una epidemia de obesidad en el mundo; la gente está enferma de la puta cabeza y sigue confundiendo la delgadez con la felicidad.
Creo que a una persona con sobrepeso le motivaría mucho más una app que, además de las calorías que pierde, le dijera cuánto ha descendido su porcentaje de probabilidades de sufrir un infarto o de que una placa de ateroma se le quede incrustada en la arteria. Pero igual es que yo soy rara.
No he vuelto a ver al zorro. C dice que lo vio cruzando la calle ayer por la noche, a unos 300 metros de aquí, cerca de la estación del tranvía. A veces lo llamo desde el interior de mi cabeza; le digo que puede volver si quiere, que lo estoy esperando. Confío.
He visto a los petirrojos pelear a picotazo limpio en el comedero. Parece ser que son más agresivos de lo que uno se imagina. Tengo la sensación de que están espantando a otras clases de pájaros, porque cada vez hay más petirrojos en el comedero; pero no sé si esta es una observación muy fiable.
No acepto esta situación. Tengo miedo de que siempre exista el miedo. A lo mejor, si toco el fondo de la no aceptación, luego ya solo me queda emerger triunfante.