Esta mañana, desde la ventana del dormitorio, he divisado a un zorro saltando la valla del jardín y aterrizando en la hierba húmeda. Me he precipitado escaleras abajo, a medio vestir, pero ya no había rastro de él cuando he llegado a la puerta del jardín. Como tantos otros seres, solo ha usado el jardín como lugar de paso.
He recorrido después el vecindario, un poco para hacer ejercicio, un poco para buscarlo. Su salto majestuoso sobre nuestro espacio humano (como el de un ser mágico que no se espera) no se me quitaba de la cabeza. No es difícil volverse irracional en un confinamiento junto a un jardín, porque en medio del mayor de los sinsentidos y de todo este dolor por la ausencia, que tapamos constantemente con toda clase de trucos, necesitamos ver señales. Necesitamos desesperadamente una realidad que no esté impregnada de desgracia.
Me arrodillaría frente a ese zorro y le diría «Gracias por venir a verme».
Espero que vuelva. Espero que sobreviva el invierno.
Las noches se me están enredando en la garganta últimamente. Me invade un sentimiento infantil de injusticia cósmica, porque alguien hizo algo mal y otros estamos pagando por ello. Tampoco sé a quién culpar exactamente. Veo que en mi país es muy importante salvar la hostelería, y a mí se me instala la náusea en la boca del estómago. La dictadura de la plebe. Dicen que tenemos un segundo cerebro ahí, en el sistema digestivo. Se dicen muchas cosas.
Estudio ética obsesivamente, pero después no acepto sus respuestas. Prefiero las que me da un zorro salvaje.