13 de diciembre de 2020. Mánchester

Hay días en los que, al levantarme, sigue siendo de noche. No porque no haya amanecido aún, sino porque el día nunca arranca. Una especie de tiniebla ominosa rodea el jardín, amenaza lluvia y esconde los perfiles de las cosas. Normalmente, en esos días, imagino que así es como se deben de sentir los islandeses y otros habitantes de las latitudes más septentrionales; una luz que no es luz, que no rompe, que no se manifiesta del todo. Después, a las 4 de la tarde, volverá la oscuridad más absoluta.

Nos acostumbramos a las cosas que nos roban la vida de a poquito. Yo no me quejo de la falta de luz, pero dentro de mí sé que me agosta y me consume, y que me hace aún más difícil la lucha que siempre libro en mi cabeza.

Estos días son así y, no obstante, los bendigo, porque sé que nada horrible va a pasar de momento. Y esa es la definición más precisa de lo que significa no tener ansiedad.

Echo de menos los mercados de Navidad, con sus cosas inservibles y caras; unas cuantas prendas de abrigo de calidad (guantes, bufandas y gorros), a veces muy bonitas; las salchichas superinsanas y deliciosas que hay que cenar obligatoriamente porque saben a gloria; los puestos de productos delicatessen británicos (queso, ginebra, chutney, morcilla, té, mermelada…). Echo de menos ir y encontrar un regalo que alguien no se espera; el vino que me tomo después sola, a la intemperie, junto a una estufa. La sensación de triunfo.

Echo de menos cosas porque el miedo ha dejado hueco para la realidad, y para los recuerdos. Durará lo que dure.

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