18 de noviembre de 2020. Mánchester

Como cada invierno, una rata se ha instalado en el jardín. Fudge se queda esperando delante del agujero donde vive varias veces al día, durante unos 20 minutos. Inmóvil como una estatua, esperando a que salga. La rata, obviamente, no es gilipollas, así que no le hemos visto el pelo en 2 días. Antes pensaba que Fudge poseía un coraje asombroso, pero ahora me doy cuenta de que los gatos no saben de valentía, sino de instinto. Les adjudicamos características humanas, porque solo podemos pensar el mundo desde nosotros. Digo esto porque la rata es casi más grande que ella; no sé quién saldría peor parada en un encontronazo entre ambas. Sin embargo, Fudge no puede evitarlo. La espera pacientemente, porque, como dice mi padre, «es su trabajo».

No existe la ética en los animales (aunque sí sobre los animales), porque ellos no deben elegir; actúan siguiendo una programación biológica. Sin embargo, yo tengo diferentes opciones cada vez que actúo, y aquella que escoja determinará mis valores morales. Esto aprendí en la primeras clases de Ética. Desde entonces, veo la «humanicidad» que me define como una carga y una condena. Sé que, sin esa libertad de elegir, yo solo sería un animal no sapiens, y no estaría escribiendo esto. Pero en todos nosotros existe ese pequeño anhelo secreto de dejar de ser humanos; por eso dejamos que Dios, o un político o los medios de comunicación nos digan qué hacer. Por eso hay quienes defienden con uñas y dientes una opinión (como si las opiniones constituyeran la realidad. Pobre Platón, le da un jamacuco si levanta la cabeza). Es terrible tener que elegir y aceptar las consecuencias de esa elección. Y sobre todo, es terrible tener que lidiar con el miedo cuando sabes lo grande que es la maldita rata.

Tengo la sensación de que las estaciones están tristes, porque se suceden sin que podamos disfrutarlas.

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