Hoy ha sido un día de visitas. Primero ha llegado la ardilla que ha robado una bola de alpiste del comedero de los pájaros. Casi salgo a perseguirla, pero no existía la menor oportunidad de alcanzarla, evidentemente. Espero que tenga familia; se van a poner muy contentos con semejante cantidad de alpiste.
Cinco minutos después, Pepe (el gato del vecino) ha atravesado el jardín sobre el murete de ladrillo. Iba con mucha prisa, como si llegara tarde al trabajo. Me ha dado pena que no se detuviera a saludarme, porque hacía mucho que no lo veía. Quería preguntarle cómo van sus disputas con el gato callejero y si tiene el territorio de su casa más controlado. Pepe es siempre bien tolerado en este jardín, y jamás se ha peleado con las chicas.
Después de comer ha aparecido el nuevo gato del vecindario. Es joven, completamente blanco y muy cotilla. Ha estado horas encaramado a una rama baja de un árbol, acechando pájaros y observándome de vez en cuando. Todos estos animales se ignoran entre sí, pero comparten este espacio, que les proporciona comida y un canal de paso hacia sus actividades y exploraciones. Yo me siento honrada por sus visitas (aunque con la ardilla voy a tener unas palabras la próxima vez). Hay mañanas en que una se levanta pensando que está sola y que cualquier cosa mala podría ocurrirle. En realidad, todos somos frágiles, pero en este jardín nos tenemos los unos a los otros.