10 de septiembre de 2020. Mánchester

Hay una palabra en inglés, doom, que cuando se busca en un diccionario ofrece las siguientes opciones:

perdición

muerte

final

destino amargo

hado

Es muy difícil de traducir. Supongo que es el equivalente más cercano al fado portugués en lengua inglesa, y es la palabra que se usa para describir los síntomas de la ansiedad: a feeling of doom.

Lo he visto venir esta mañana; una gigantesca bola, con garras y dientes, que se acerca inexorable y comienza a devorarte por los pies. Después va a su lugar favorito, el estómago, y desde ahí, si tienes mala suerte ese día, se expande por las entrañas y el cerebro.

Justo cuando estaba llamando a la puerta de mi encéfalo he salido corriendo y me he precipitado al jardín.

La sensación de fracaso otra vez.

Tenías todo controlado.

Sabías que todo era mentira, tus pensamientos…

Doom.

Se supone que debo aceptarlo y dejar que pase por mi cuerpo. Me vienen a la cabeza todas las historias de Stephen King que he amado desde jovencita. Esto se parece cada vez más a una posesión diabólica combinada con un escenario de pandemia apocalíptica y conspiraciones mundiales. Bastante bien de la cabeza estamos.

Pienso que hace mucho tiempo que no leo ficción; una buena historia de terror o de crímenes en la que exorcizar los miedos. Evasión o victoria. ¿He fracasado? De pie en el jardín, el viento me devuelve un brevísimo gemido. Por algún motivo, sonrío.

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