27 de agosto de 2020. Mánchester

Desde ayer se me ha instalado la tristeza. Empezó con la visita a Shibden Hall, el hogar en el que Anne Lister pasó gran parte de su vida (cuando no estaba viajando). Los muertos convertidos en animales de zoológico. ¿Qué hacía yo entre aperos de labranza y camas con dosel de 200 años de antigüedad? Pasear entre la basura de los muertos. Creerme que algo del coraje de Anne Lister se quedó suspendido en el aire que respiramos, como el Coronavirus.

No lo sé, hay gente que mereció vidas mejores.

Cuando la BBC llegó a la casa para empezar a rodar la serie sobre su vida, lo primero que hicieron fue tapar la chimenea del salón central. No les gustaba. La guía dijo que no sabía por qué, pero yo sí lo sé. La chimenea, que se sabe que fue instalada por la propia Anne Lister hacia 1830, no parece del siglo XIX. Su aspecto es viejo, desde luego, pero tiene un extraño aire moderno que no encaja con nuestro concepto estandarizado del siglo XIX. Me imagino al jefe de producción llegando a la casa: «Uf, eso es muy moderno. Tápalo». «Pero… si es la chimenea que instaló Anne Lister». «Me da igual, queda fatal. Tápala».

Nunca hay que defraudar las mentiras que las personas queremos creernos. A la mayoría de la gente no le interesa la verdad. Eso es lo que he aprendido.

Dejé Shibden Hall con tristeza y al llegar a casa Fudge no se encontraba bien. Dice la veterinaria que esta vez es el corazón. Quizás aguante bastante, pero veo claramente cómo este animal se va apagando poco a poco. Su pobre maquinaria falla cada dos por tres (hoy una cosa, mañana otra). Me fascina que los animales no puedan pensar en la muerte.

He colocado toda esta tristeza en mi estómago. Y yo os pregunto, queridos chamanes modernos: ¿Qué hago con ella? ¿Tomo suplementos de magnesio, repito un mantra, hago mindfulness? Pues os diré una cosa: es mejor sentarse en el baño y llorar a gritos; un gañido animal desde la boca del estómago que es simple dolor y simple pérdida. Después, me levanto y continúo. Eso es todo. La tristeza no es como la ansiedad; la tristeza se puede manejar.

El jardín hoy rebosa agua por todas partes. Es esa lluvia mancuniana que no cesa y, al final, tampoco molesta; solo nos acompaña. Todas las cosas se detienen y se quedan como esperando. Tal vez a Fudge, a que salga de nuevo por la gatera y se ponga a perseguir pájaros. Me duele el estómago otra vez. ¿Me duele? Ya he dicho que la mayoría de las cosas que nos pasan no son verdad.

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