25 de agosto de 2020. Stanbury, Yorkshire

Cualquiera que pase un par de noches en la zona rural de Yorkshire (especialmente en alguna casa pequeña, construcción precaria o tienda de campaña) puede imaginarse la vida miserable de las hermanas Brontë. En Stanbury, justo al lado de Haworth, nos hospedamos en una casa prefabricada en forma de carromato que se calienta con una chimenea de leña portátil, recién salida de la Revolución Industrial. Desde esta mañana llueve; dentro de poco será la hora de la cena y para entonces se esperan fuertes vientos (que me pregunto si los que hay ahora no son suficientes).

Por la ventana veo ese paisaje que persigo una y otra vez en mis búsquedas por Internet, en mi rastreo diario de artistas plásticos que hayan representado estos campos: un manto verde salpicado de casas; muretes de piedra antigua delimitando la tierra; y el cielo abrazándolo todo, a veces gris, a veces turquesa. Es el verde tan intenso y tan orgiástico en sus matices (desde el verde oscuro y terroso que casi parece marrón hasta el brillo pálido y fosforescente de la hierba más joven) que el corazón del que observa se hincha como un odre y los pulmones se expanden en todas direcciones; el cuerpo parece, entonces, limpio y liviano. Todo ese verde me suplica que no me rinda, porque no hay nada capaz de competir con su perfeccción; ni siquiera el miedo.

Entonces aparecen los cuervos; planean rasantes sobre el ganado y llegan a posarse en la rama más cercana. Los cuervos son animales que nos observan mucho, como si quisieran saber si nos encontramos bien o si necesitamos algo. No sé exactamente si son mensajeros o cotillas. Por si acaso, yo siempre les saludo. Solo mirando estos campos me convenzo de que todo pasará.

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