La cuarentena empieza a ser una carga, pero también está a punto de acabar, así que el problema viene con solución incluida. El frío ha vuelto, con un viento furioso y helado que está fuera de lugar en esta época del año. Las plantas de tomate han sucumbido a su fuerza, y una de ellas hasta se ha partido por la mitad. Los pobres tomates, raquíticos y enanos, se preguntan por qué los hemos plantado aquí; qué han hecho mal para tener que luchar de esta manera, mientras otros tomates viven vidas felices allá en el sur. Para vengarse, han salido sabrosos, pero con una piel dura como el pellejo de un camello. No había otra forma de protegerse del frío.
Con este panorama meteorológico, vienen menos pájaros, y los que vienen no se demoran. Cogen su comida lo más rápido posible y emprenden el vuelo hacia rincones más protegidos. Tiene todo un hedor de apocalipsis que se agrava cuando, de noche, diluvia. Por si fuera poco, también anochece antes. En días como este, el jardín me parece un enemigo, y a mí me da mucha pena. Mirar por el ventanal no me consuela ni me calma. Todas las cosas horribles que, en el fondo, no sucederán, viajan en ese viento.