10 de agosto de 2020. Mánchester

Caía la tarde ayer sobre el jardín medio en sombras cuando puse los pies en la hierba. Había una orquesta de bienvenida. Las hojas se mecían suaves y alegres al compás de un viento inusualmente cálido. Fudge me reconoció y se acercó para frotarse contra mi rodilla. Las ramas de los árboles temblaban un poco, y después, ya de noche, se levantaron y se estiraron inalcalzables, hacia un cielo inmenso que era más que eso; era cosmos, era una galaxia. Yo miraba hacia arriba desde mi silla, llena de asombro.

No tenía ni idea de que mi retorno iba a ser festejado de esa manera. Un abrazo inabarcable de las cosas sobre mí. Dice mi amiga C que he hecho el viaje del héroe. Que he ido y he vuelto de una pieza, que he enfrentado batallas y miedos y que he salido victoriosa. Yo no lo veo así. Porque el miedo no se ha ido. Y yo solo soy una domadora de dragones: sujeto fuerte las riendas de unas criaturas que no deberían existir.

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