Caía la tarde ayer sobre el jardín medio en sombras cuando puse los pies en la hierba. Había una orquesta de bienvenida. Las hojas se mecían suaves y alegres al compás de un viento inusualmente cálido. Fudge me reconoció y se acercó para frotarse contra mi rodilla. Las ramas de los árboles temblaban un poco, y después, ya de noche, se levantaron y se estiraron inalcalzables, hacia un cielo inmenso que era más que eso; era cosmos, era una galaxia. Yo miraba hacia arriba desde mi silla, llena de asombro.
No tenía ni idea de que mi retorno iba a ser festejado de esa manera. Un abrazo inabarcable de las cosas sobre mí. Dice mi amiga C que he hecho el viaje del héroe. Que he ido y he vuelto de una pieza, que he enfrentado batallas y miedos y que he salido victoriosa. Yo no lo veo así. Porque el miedo no se ha ido. Y yo solo soy una domadora de dragones: sujeto fuerte las riendas de unas criaturas que no deberían existir.