Existe también un jardín delantero, un diminuto rectángulo de hierba junto al que aparcamos el coche y desde el que se ve pasar a algún vecino a veces. Hoy me he trasladado aquí, porque el verdadero jardín está cubierto de sombras y es un lugar frío en esta tarde de finales de julio. En mi persecución de los rayos de sol, he renunciado a la intimidad.
Pero la realidad es que nadie pasa por el camino asfaltado frente a la casa. Escucho risas de niños a lo lejos y tal vez alguien me esté espiando desde su ventana (una visión algo ridícula de una mujer en pijama que escribe sobre una mesita de camping, en la que también hay una copa de vino). Respiro una soledad cómoda; la calma del final de la tarde en un bosque, junto al pueblo de tu infancia. Es el silencio de las jornadas felices, en las que el mundo cobra sentido a partir de unos pocos detalles. La falacia del verano: cuando nos sentimos invencibles.
Y, sin embargo, aquí no existe el verano. Al menos, no el que yo he conocido.
Mientras anticipo los olores que comenzarán a surgir de las casas vecinas en breves minutos (pollo frito, salchichas, pasteles de carne, carbón de alguna barbacoa), observo a las palomas en el tejado de la casa de enfrente. Son como estatuas que aguardan a alguien. Su inmovilidad es el presagio de algo que no sé nombrar. Cuando menos me lo espere, emprenderán el vuelo e irán a hacer algo que, justo en ese momento, saben que tienen que hacer. Yo también quisiera saber cuándo detenerme, y simplemente ser, sin preguntarme qué vendrá después.