25 de julio de 2020. Mánchester

Observo desde la ventana de la galería a una paloma torcaz que está dando buena cuenta de la comida para pájaros que solemos dejar afuera. Se afana en su picoteo constante de las bolas de alpiste. Si ahora mismo saliera por la puerta trasera y me acercara decidida hacia ella, emprendería el vuelo inmediatamente, asustada.

El mecanismo de lucha o huida nos permite sobrevivir. Me pregunto, a continuación, qué pasaría si esa misma paloma, de repente, sintiera la imperiosa obligación de escapar volando en mitad de su merienda sin que exista ninguna amenaza real; solo porque su sistema de lucha o huida se activa por equivocación. Imaginaos que eso mismo os pasa a vosotros: estáis comiendo y, de repente, sentís que vuestra vida corre peligro. ¿Por qué? Ninguna ciencia está preparada para responder a los porqués.

Hasta donde yo sé, no se ha dado nunca un caso de mal funcionamiento del sistema de lucha o huida en animales. Ninguna gacela echa a correr sin motivo, nunca un erizo se ha hecho una bola y se ha quedado inmóvil en un rincón ante la presencia de nada. El peligro, para los animales, siempre es real. Como el del gato callejero que acaba de cruzar sobre el murete del jardín y se ha colado en la casa de al lado por el agujero de la valla. Sabe que ese es su límite: puede usar nuestro murete para pasar al otro lado, pero no puede adentrarse en este jardín; porque si lo hace, yo le disparo con una pistola de agua. Doble chorro extrapotente directo a los bigotes. Unos dos meses de confinamiento me ha costado inculcarle esta idea de peligro; mi pequeño experimento de conductismo animal. Mi pistola y yo somos un peligro para este gato, y somos reales.

Debe de haber, por lo tanto, un componente en el conjunto de atributos que nos hacen humanos por el cual nuestro sistema de lucha o huida funciona regular a veces. ¿Es este el precio que hemos de pagar por ser tan inteligentes? ¿Tan inteligentes y tan listos que nos asustamos cuando no debemos? A mí me suena ridículo. Me hace sentir ridícula.

Casi nadie cree que la causa de nuestros deficientes sistemas de lucha o huida se encuentre en la biología. No es un defecto de fábrica. Nosotros estábamos destinados a ser como los animales: perfectos. Pero no lo somos. ¿Cómo construimos en nuestra cognición, en nuestro intelecto, elementos distorsionadores capaces de fabricar miedo? Esa es, obviamente, la gran pregunta. Existen bastantes respuestas, todas fascinantes, pero creo que pocas soluciones (o no muy sencillas).

Hoy he leído sobre Thomas Hobbes, quien atribuyó al miedo el origen del orden social y de las obligaciones morales y políticas. No creo que haya habido un filósofo moderno más visionario. Hay días en que lo siento así.

Voy a abrir la puerta y espantar a la paloma. Un acto miserable como otro cualquiera.

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